Introducción

Tema 1.4 El lenguaje

El tema del lenguaje del cuarto evangelio ha sido tratado desde diversas perspectivas, pero nunca en sí mismo, es decir como el acto de la palabra que se expresa y oyente. Los puntos que siguen intentan dar cuenta de la complejidad del problema.

a) Los dualismos

Las expresiones dualísticas son aquellas en las que se contraponen dos conceptos de contenidos contrarios.

Los ejemplos más claros que ofrece el cuarto evangelio son:

- juzgar-salvar (3,17; 12,47)
- creer-no creer (1,115; 3,18; 3,36; 12,47)
- luz-tiniebla (1,5; 3,19; 8,12; 12,35)
- noche-día (9,4; 11,95)
- ceguera-visión (9,41)
- carne-espíritu (3,6; 6,63)
- terrestre-celestial (3,12)
- ser de la tierra-ser del cielo (3,31)
- ser de abajo-ser de arriba (8,23)
- ser-no ser de este mundo (8,23; 18,36)
- muerte-vida (5,24; 11,25)
- amor-odio (12,25)
- resurrección de vida-resurrección de juicio (5,29)
- ser esclavos-ser libres (8,33)
- verdad-mentira (8,44)
- el buen Pastor-el ladrón (10,10), el asalariado (10,11)
- tristeza-alegría (16,22)

Hemos citado expresiones. Pero el fenómeno no se limita a ellas. Aún más importantes son las escenas que se desarrollan a partir de un modelo consecuente de oposición, como en los capítulos 8 y 9. El tono taxativo del Jesús «joánico» depende en buena parte del uso de estos dualismos y de la estructura dualista que subyace a muchos textos. Una visión dualista de la realidad la ordena de acuerdo a un esquema claro que la vuelve comprensible.

Esta aparente ventaja, sin embargo, no puede ocultar dos problemas importantes:

1) El problema del grado de adecuación del esquema dualista a la complejidad de la realidad;

2) el problema de un implícito determinismo, según el modo de aplicación del dualismo.

Hay que reconocer una cierta "simpleza" en la exposición del evangelista, en la que todo se de?ne de acuerdo a la decisión por la fe o por su rechazo. Pero aquí se encuentra 1a respuesta a la doble cuestión planteada. El encuentro con Jesús que se actualiza en el anuncio cristiano exige una definición de parte del hombre. La decisión no se puede postergar ni soslayar. Esto es lo que quiere remarcar el autor cuando utiliza esta forma de expresión en la que no hay términos medios. No hay duda de que una decisión madura exige tiempo y la consideración atenta de los elementos pertinentes.

El autor no se interesa por el proceso de la decisión sino por su carácter ineludible y por sus consecuencias. A partir de aquí deben entenderse expresiones que, como en Jn 3,18 -"El que cree en él no es juzgado; el que no cree en él ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del Hijo unigénito de Dios"- parecieran contener un determinismo peligroso.

El verbo "juzgar" está usado aquí con el sentido de "condenar". Pero la afirmación no quiere decir que el que cree ya está salvado definitivamente, ni tampoco que el que no cree ya está igualmente condenado. Como se verá al considerar "la realidad de la salvación" y la "escatología", el interés del evangelista se concentra en la importancia de la decisión por la fe en Jesús, en la que el hombre responde a la oferta de salvación de Dios. En esa decisión el creyente opta por la luz y por la vida y su decisión tiene un valor definitivo, sin que por ello se anule la historicidad de la persona ni su condición de caminante en la que queda la tarea de la fidelidad.

El dualismo "joánico" no es determinista, porque no es un dualismo cosmológico ni antropologico. El mundo material no se contrapone a una realidad puramente espiritual; no hay ninguna oposición entre el alma y el cuerpo. Dios ama al mundo sin ninguna limitación (3,16). El hombre no está de antemano predestinado a la salvación o a la condenación, sino que está llamado a hacer una opción fundamental de la que depende su destino definitivo. Por todo lo dicho, es más adecuado caracterizar al dualismo "joánico" como un dualismo de decisión.

b) Las ambivalencias semánticas

Hay muchos vocablos con distintos sentidos. A veces es necesario aclarar el sentido en el que se usa un término para que no surjan equívocos. El evangelista juega en muchas ocasiones con la ambigüedad de un término, creando una ambivalencia semántica.

Veamos algunos casos:

  • La palabra griega ánothen significa "de nuevo" y "de arriba", o "de lo alto". Puede indicar tanto la repetición cuanto el movimiento desde arriba. En Jn 3,3 Jesús afirma enfáticamente la necesidad de nacer ánothen. Nicodemo entiende la expresión en sentido temporal, y por ello pregunta: "¿Cómo puede el hombre nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?" (v 45). Pero Jesús habla de un nacimiento del agua y del Espíritu (v 5), diferente del nacimiento a partir de la carne (v 6). El ámbito del Espíritu, opuesto al de la carne, es el ámbito "de lo alto", del mundo celestial. Así hay que entender la afirmación conclusiva de Jesús: "Es necesario nacer de lo alto" (v 8). La pregunta de Nicodemo no es ningún malentendido burdo de lo dicho por Jesús, sino la reacción "lógica" frente a la posibilidad de comprensión de un término semánticamente ambivalente"
  • El término pneuma significa "espíritu", "aire", "viento", "hálito", e "aliento". En la teología judeo-cristiana puede referirse también al Espíritu de Dios. Cuando Jesús dice que es necesario nacer del agua y del "pneuma" para entrar en el Reino de Dios (3,5), alude evidentemente al Espíritu de Dios. Lo mismo vale para la oposición entre carne y Espíritu en 3,6. La carne designa la esfera de lo humano, el Espíritu la esfera de lo divino. El sentido es otro en el v 8: "El pneuma sopla donde quiere y escuchas su voz y no sabes ni de dónde viene ni a dónde va." Aquí pneuma significa "viento". La imagen parece ser la del viento fuerte que se experimenta como un torbellino, sin una dirección fija. Un matiz diferente en el uso de pneuma se advierte en Jn 19,30. Narrando la muerte de Jesús, el evangelista dice que "inclinando la cabeza, entregó el espíritu". Referido a la muerte, pneuma aquí significa "aliento". Es el "último suspiro" de alguien que "expira". Junto a este sentido, que surge del contexto, hay otro menos evidente, pero que se percibe si se tiene presente el lenguaje y la teología del evangelista. El Jesús que muere es el que da al mismo tiempo su Espíritu, que en el futuro regirá la comunidad. En los dichos sobre el "Paráclito" (Jn 14,1626; 15,26; 16,7.13) el Espíritu es enviado por el Padre o por Jesús. Lo cierto es que el Espíritu "viene" cuando Jesús ya se ha "ido", es decir, cuando ha muerto y resucitado (cfr Jn 7,39). En esta perspectiva el momento de la muerte que, como veremos inmediatamente, es también el momento de la glorificación, es el momento de la "donación" del Espíritu. El autor juega en Jn 19,30 con la ambivalencia del término, como lo había hecho antes en 3,5 y 3,8. Muy semejante es la relación semántica en 20,22. El Resucitado sopla sobre los discípulos y les dice: "Reciban el Espíritu Santo". Pneuma es aliento y Espíritu.
  • El verbo griego hypsóo significa "elevar", "levantar", "exaltar". El autor lo utiliza en dichos de Jesús de contenido denso: "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre" (3,14). "Cuando ustedes levanten al Hijo del Hombre, entonces conocerán que YO SOY" (8,28). "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (12,32). "Hemos escuchado en la ley que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo dices que el Hijo del Hombre tiene que ser levantado?" (12,34).

Según Jn 8,28 y 12,32, el momento de "elevación" del Hijo del Hombre es el momento de la revelación de su ser y el de la máxima acción salvífica. El paralelismo con Moisés hacía ver la necesidad de esta elevación.

¿Cuál es el significado de la expresión? La "elevación" mencionada alude a dos realidades de niveles muy diferentes, pero que el autor considera como una unidad. Por una parte, alude a la elevación material de alguien a quien clavan a una cruz que está sobre el suelo. La crucifixión culmina cuando la cruz es levantada y clavada en el lugar previsto. Después de la afirmación citada: "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (12,32), el evangelista aclara: "Esto lo dijo significando de qué muerte iba a morir". La alusión a la cruz es inequívoca. En esta acción, que pertenece al brutal ritual de la crucifixión, el autor reconoce otro sentido. La elevación de la cruz es además el signo exterior de la "exaltación" de Jesús en la que es glorificado el Padre. En el único acto de la cruz, se unen la muerte y la gloria, la más densa tiniebla y la luz más diáfana. A la amplitud semántica del verbo "hypsóo", el evangelista agrega un componente teológico ajeno a la comprensión del término en el griego profano, pero que, desde su comprensión de la muerte de Jesús, re?eja el poder creativo del lenguaje de la fe.

c) Los símbolos salvíficos

A diferencia del signo, que es convencional y semánticamente pobre -se puede escribir 1 ó I; donde la forma de los signos es arbitraria, pero el significado del número permanece constante-, el símbolo es el punto de convergencia de líneas semánticas diferentes que siguen obrando en el vocablo pertinente. Las expresiones simbólicas más ricas son las que reflejan en forma más inmediata la complejidad de la realidad misma, tal como esta se brinda a la experiencia humana. El "cielo", por ejemplo, no es solamente una realidad física, objeto de estudio en la meteorología o en la física espacial. Sin poner en duda esta dimensión "objetiva", hay otra dimensión mucho más rica y densa que no es tanto objeto de estudio cuanto de experiencia. Todos sabemos lo mucho que pueden decir un cielo azul, un atardecer o una noche clara. Una nota característica del lenguaje del evangelista es el uso frecuente de expresiones simbólicas en imágenes salvíficas cuyo sujeto es el Jesús "joánico". Nos referimos a la forma lingüística: "Yo soy ", con la que Jesús se presenta como el agente de la salvación de Dios. Estas expresiones son las siguientes:

- Yo soy el Pan de Vida (6,35.48.51)
- Yo soy la Luz del mundo (8,12)
- Yo soy la Puerta de las ovejas (10,7.9)
- Yo soy el buen Pastor (10,11.14)
- Yo soy la Resurrección y la Vida (11,25)
- Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (14,6)
- Yo soy la Vid verdadera (15,1.5)

Todas estas expresiones significan una realidad inmediata que cualquiera conoce bien como el pan o la luz, pero esto no es todo. Las mismas expresiones alcanzan niveles más profundos de significación que pueden o no ser explicitados.

El que tiene hambre desea comer pan. Pero el hambre y el pan que lo sacia pueden apuntar a una realidad existencial que supera el nivel biológico. De lo que realmente se tiene hambre es de vida, y el pan es todo aquello que promueve la vida en su totalidad.

El que está en la oscuridad desea tener una luz. Pero ni la tiniebla ni la luz son sólo un fenómeno físico, sino que se vuelven fácilmente reflejo de una experiencia personal compleja, difícil de expresar si no es en el lenguaje de la metáfora y del símbolo.

Los términos citados poseen diferente valor simbólico. El símbolo fundamental que sirve de base a todos es el de la vida. A él están referidos en forma inmediata la luz y el pan, pero también los otros términos se ordenan en vistas a este núcleo simbólico. En algunos casos, hay que considerar el contexto para constatar esta referencia. La vid, por ejemplo, está pensada a partir de los sarmientos que deben permanecer en ella para no secarse y poder dar fruto. El buen Pastor tiene que ver con las ovejas que necesitan de su presencia para no ser víctimas de los lobos o de los ladrones.

El acto de fe significa la participación en las realidades encarnadas en la persona del Señor. En la última parte de este estudio veremos que una comprensión adecuada del concepto de salvación y de plenitud propio del cuarto evangelio es posible sólo poniendo a la cristología como base de la reflexión.