El olivo amado de Dios. Rom 9-11 en contexto

4. Israel en vista del evangelio de Jesucristo, Pablo y el AT

Pablo recurre a las Escrituras con más densidad que en cualquier otra parte de esta o de cualquiera de sus otras cartas (véase Wagner 2011, 155-57), pero no siempre lee las Escrituras de una manera predecible. Provoca a sus oyentes, llevándolos al borde de la convicción de que Israel ha sido rechazado, solo para rechazar esa convicción de plano. Empuja a la audiencia a concluir que el problema es Israel, solo para atacar a su audiencia, en su mayoría gentil, por su arrogancia, una preocupación que persiste en los capítulos posteriores a Romanos 9-11 (véase 12,3, 16; 14,10). Llegar prematuramente a una conclusión sobre cualquier afirmación individual es costoso, ya que algunos comentarios anteriores se reformulan e incluso se subvierten más adelante. Esa característica se mantiene a lo largo de Romanos, pero quizá sea especialmente cierta aquí.

Además de la introducción y la conclusión (9,1-5; 11,33-36), hay pocas divisiones claras dentro de esta sección. En lo que sigue, la serie de preguntas “¿Qué diremos?” y fórmulas de revelación (“Por lo tanto, digo”, “No quiero que ignoren”) se han utilizado para marcar nuevas divisiones, ya que esas preguntas y fórmulas indican un deseo de captar la atención del público mientras se pasa de la creación de Israel por parte de Dios a una reflexión acerca de la situación actual de Israel.

¿Qué es lo que Pablo quiere demostrar desde el comienzo de la carta? Que el Evangelio, el tema de la carta, es “el Evangelio de Dios”, a saber: Buenas Nuevas (euangelios) enviadas por el Dios del Antiguo Testamento (AT), el “Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob…” y, por tanto, un evangelio “que por medio de sus profetas ya había prometido en las Sagradas Escrituras” (1,2), en la TaNaK, del pueblo de las promesas.

El término “TANAK” como designación de la Escritura de Israel lo utilizamos con precaución, pues, como veremos, las citas de la Escritura que utiliza Pablo normalmente provienen de la Septuaginta (LXX), la traducción griega de la Biblia, según las versiones conocidas en su época, en la cual predominaba la cultura grecorromana. De hecho, para Pablo no puede haber Buenas Nuevas en Cristo a menos que lo que Dios ha realizado y revelado en Cristo forme parte del plan maestro que la Escritura (hoy para los cristianos el AT) nos revela.

Precisamente por esta razón, el apóstol Pablo ha de hablar del rol que juega Israel en vista del evangelio de Jesucristo, dado que, para el tiempo en que escribe la carta ya se ha podido corroborar con bastante claridad que la mayor parte de los judíos no han respondido al evangelio (Buenas Nuevas), o sea el anuncio cristiano. Las cartas de Pablos hablan de sus reiteradas predicaciones a los judíos, y de la respuesta que vio fue mínima. No obstante, cuando Pablo se volvió a los gentiles, la respuesta fue mucho mayor (véase las cartas y Hechos). De modo que ahora el apóstol se dirige a una iglesia que es en gran medida gentil. ¿Cómo, pues, se ajusta tal situación con las promesas de Dios en el AT? ¿Acaso Dios no prometió mandar a su Mesías (Cristo) a Israel, para glorificar a su pueblo, y para bendecirle en el reino que estaba a las puertas? ¿Cómo puede cumplirse esta promesa en una iglesia cuyos miembros provienen en gran medida del mundo gentil?

En Rom 9-11, apóstol explica que la obra de Dios en el Evangelio de Cristo está en continuidad con lo que él prometió en el AT. Sin dudas, los judíos necesitaban este mensaje. Para poder abrazar el Evangelio, han de ver que éste es realmente el cumplimiento del AT. Por su parte, los judíos cristianos también han de tener en claro, sin lugar a duda, que su fe en Cristo no significa que hayan dejado de creer en el Dios del AT o que no tengan una herencia judía. Sin embargo, los cristianos de origen gentil han de notar también que existe una conexión entre el Antiguo y el NT por lo que al plan de la salvación se refiere. Ellos tienen que comprender que las raíces de su fe se hunden profundamente en suelo fértil de la Escritura de Israel, el AT.

Además, como Pablo declara explícitamente en el capítulo 11 (vv. 13, 17–24, 25), hay una razón práctica por la que los gentiles han de tomar en serio este mensaje. Son una mayoría en la Iglesia Cristiana Primitiva, tanto en Roma como en el resto del Imperio. Tienen la tendencia a jactarse de su posición y menospreciar a los cristianos de origen judío. Así que Pablo quiere menoscabar su arrogancia, mostrándoles que sus bendiciones espirituales son fruto de lo que Dios ha hecho a través de su pueblo Israel.

 En última instancia, pues, Romanos 9–11 no trata de Israel, sino de Dios. El tema de la sección se encuentra en 9,6: “Ahora bien, no digamos que la Palabra de Dios ha fracasado”. Dios, sostiene Pablo, es coherente y absolutamente fiel a sus promesas. Para demostrar esta tesis, el apóstol desarrolla en estos capítulos tres ideas esenciales relativas al pasado, presente y futuro de Israel.

(1) Las promesas dadas por Dios a Israel en el pasado son consistentes con lo que está haciendo ahora al salvar solo a algunos judíos y gentiles (9,6–29). En 9,30–10,21, Pablo abandona la línea principal de su argumento para analizar con mayor detalle el sorprendente giro de los acontecimientos: que muchos judíos se han negado a creer en Jesús el Mesías mientras que muchos gentiles sí lo han hecho.

(2) En 11,1–10, Pablo pasa a hablar del presente de Israel, mostrando que Dios está en este mismo momento cumpliendo su promesa al salvar a muchos judíos.

(3) El clímax viene en el futuro (11,11–32), cuando “todo Israel será salvo” (v. 26). Pablo concluye esta sección con un himno alabando el maravilloso plan de Dios (11,33–36).