El olivo amado de Dios. Rom 9-11 en contexto
| Sitio: | SAN PABLO Campus |
| Curse: | El Olivo amado de Dios |
| Libro: | El olivo amado de Dios. Rom 9-11 en contexto |
| Impreso por: | Cuenta visitante |
| Fecha: | Monday, 10 de August de 2026, 03:56 |
1. Contenido del curso
- ROMANOS 9-11 EN EL CONTEXTO DE LA EPíSTOLA, METODOLOGíA 11/09
- LA ELECCIÓN DE ISRAEL POR PARTE DE DIOS: 9,1-18 (I) 18/09
- LA ELECCIÓN DE ISRAEL POR PARTE DE DIOS: 9,1-18 (II). 25/09
- LA IRA Y LA MISERICORDIA DE DIOS: 9,19-29. 02/10
- LA INCREDULIDAD DE ISRAEL: 9,30-10,4. 09/10
- LA SALVACIÓN ES PARA TODOS: 10,5-21. 16/10
- EL RECHAZO DE ISRAEL NO ES DEFINITIVO: 11,1-10. 23/10
- LA SALVACIÓN DE LOS GENTILES (alegoría del olivo): 11,11-24 (II). 30/10
- LA SALVACIÓN DE LOS GENTILES (alegoría del olivo): 11,11-24 (II). 06/11
- LA SALVACIÓN DE LOS GENTILES (alegoría del olivo): 11,11-24 (III). 13/11
- TODO ISRAEL SERÁ SALVO: 11,25-36. 20/11
- TODO ISRAEL SERÁ SALVO: 11,25-36. 27/11
2. Metodología
El curso pretende ser una ayuda para la difícil pero importante la tarea de la exegesis y actualización del texto bíblico, es decir, trasladar un mensaje antiguo a un contexto moderno. Este quehacer implica que la actualización o aplicación no es como un fruto acabado, sino proceso por el que se pasa del sentido original de un pasaje a su significado contemporáneo. En la bibliografía se señalan verdaderos comentarios, obras de referencia, no de literatura simplemente devocional. El estudio de cada pasaje se desarrolla en general teniendo en cuenta tres momentos o secciones: (1) Sentido original, (2) Construyendo vínculos y (3) Significado para nuestro presente.
(1) En esta sección se busca entender el significado del texto bíblico en su contexto del primer siglo. Teniendo en cuenta los elementos de la exégesis tradicional: el contexto histórico, literario y cultural del texto.
(2) En esta sección se construye un puente entre el mundo de la Biblia y el de nuestros días, entre el contexto original y el moderno. La Palabra de Dios tiene un aspecto circunstancial. Los autores sagrados dirigieron sus palabras a situaciones, problemas y cuestiones específicas. Por ejemplo, Pablo advirtió a los Gálatas sobre las consecuencias de la circuncisión y los peligros que llevan quienes intentar justificarse por la Ley (Gal 5,25). El propósito de esta sección es ayudar a discernir lo intemporal (y lo que no lo es) en las páginas del Nuevo Testamento dirigidas a situaciones temporales.
(3) Esta sección permite que el mensaje de Pablo nos hable hoy con la misma fuerza que cuando fue escrito. ¿Cómo podemos aplicar lo que hemos aprendido de la Palabra y aplicarlo a nuestras necesidades contemporáneas? ¿Cómo podemos tomar un mensaje que se expresó inicialmente en griego y hebreo, y comunicarlo hoy en nuestro idioma? ¿Cómo podemos asimilar las eternas verdades que en su origen fueron plasmadas tiempos y culturas distintas?
3. ROM 9-11 en el contexto de la epístola
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3.1. Breve introducción al contenido de Romanos
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3.2. El evangelio de Dios es poder de Dios
Al comienzo de su carta a los Romanos, Pablo saluda con entusiasmo a la iglesia de Roma, destacando su vocación de apóstol y el contenido del evangelio que predica entre los gentiles. Mientras se prepara para visitar Roma, Pablo emplea este extenso saludo para presentarse a una importante comunidad de creyentes que han oído hablar de él, pero no le han visto ni oído proclamar el Evangelio. Rom 1,1-7.
Como en su carta a los Gálatas, Pablo subraya la conexión entre su apostolado y el evangelio. Al igual que Isaías y Jeremías fueron apartados para proclamar la palabra del Señor (Is 49,1; Jer 1,5), Pablo fue llamado y apartado para proclamar el evangelio de Dios (Gal 1,15-16). Aunque esta expresión puede interpretarse como la buena nueva sobre Dios, es más probable que su significado primario sea la buena nueva del propio Dios sobre lo que Dios ha realizado en Jesucristo.
Tras destacar la relación entre su apostolado y el Evangelio que se le había encomendado proclamar, Pablo presenta a los romanos un resumen del “Evangelio de Dios” (1,1). En primer lugar, este evangelio se basa en la historia sagrada de Israel en la medida en que ya estaba anunciada en las promesas proféticas de las escrituras de Israel (1,2), un punto en el que Pablo se basa a lo largo de esta carta, especialmente en Romanos 9-11, donde trata la cuestión de la fidelidad de Dios a Israel.[1]
En segundo lugar, Pablo afirma que el Evangelio trata del Hijo de Dios, a quien identifica como Jesucristo, nuestro Señor. En cuanto a su origen humano (“según la carne”, 1,3), era descendiente del gran rey David, por lo que reunía las condiciones para ser el Mesías. Por su resurrección de entre los muertos, fue nombrado Hijo de Dios según el Espíritu de santidad, no en el sentido de que se convirtiera en Hijo de Dios en la resurrección, sino de que fue declarado públicamente Hijo de Dios en la resurrección.
Tras identificar los principales contornos del evangelio que predica, Pablo vuelve al tema de su apostolado que autentifica su proclamación del evangelio. Fue por medio de Jesucristo, el Señor, que recibió la gracia del apostolado con el propósito de llevar a los gentiles a “la obediencia de la fe” (1,5), que puede entenderse como la obediencia que es fe o como la obediencia que la fe engendra. El contenido del evangelio que predica Pablo es, pues, la buena nueva de Dios sobre Jesucristo, el Señor, el hijo de David, que es el cumplimiento de las promesas proféticas de Israel y a quien Dios declaró públicamente como su Hijo mediante un poderoso acto del Espíritu al resucitarlo de entre los muertos. Este evangelio es el cumplimiento de las promesas de Dios a Israel y ahora también ofrece a los gentiles con una oportunidad de expresar su obediencia a Dios creyendo en el evangelio.
Como en su sermón en la sinagoga de Antioquía, Pablo subraya la íntima relación entre el Evangelio y las promesas hechas a Israel: “Israelitas, y cuantos temen a Dios, escuchen: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros antepasados, engrandeció al pueblo durante su permanencia en Egipto y los saco de allí con su poderoso brazo… les anunciamos que la Promesa que Dios hizo a los antepasados la ha cumplido en nosotros, los hijos al resucitar a Jesus…” (Hch 13,17-41). Lucas refiere que, después que hablara Pedro y antes de discurso de Santiago, “toda la asamblea callo, entonces para escuchar a Bernabé y a Pablo contar todos los signos y prodigios que Dios había realizado por medio de ellos entre los gentiles” (Hch 15,12). Y como en su sermón de Atenas, la resurrección de Jesús de entre los muertos ocupa el centro de la proclamación de Pablo (Hch 17,22-34; 1Cor 15).
Dado que el Evangelio es el Evangelio de Dios, el poder de Dios se manifiesta en y a través de su proclamación. Por consiguiente, la predicación de Pablo es algo más que el anuncio de un mensaje, por importante que éste sea. Porque cuando se proclama el Evangelio de Dios, quienes lo escuchan con fe experimentan el poder de Dios que conduce a la salvación, que Pablo describe como la participación en la vida de resurrección en Cristo que los creyentes comparten mediante el don del Espíritu (Rom 8).
La proclamación del Evangelio es la proclamación del poder de Dios y de la justicia de, que se revelan siempre que se proclama el Evangelio a los que lo reciben con fe. Es un acto del poder de Dios que actúa en el mundo en aras de la salvación y una revelación de la justicia salvadora de Dios revelada en Jesucristo.
Por tanto, la proclamación del Evangelio no es un acto retórico. Tampoco es una cuestión de predicación elocuente. Es un acto del poder de Dios que revela la justicia salvadora de Dios a los que creen. Porque no me avergüenzo del Evangelio; es el poder salvador de Dios para todo el que cree: Rom 1,16-17
Al final de su carta, Pablo dice que ha escrito con valentía porque proclama el evangelio de Dios y no su propio mensaje. Está confiado por la gracia que le ha sido concedida “para ser ministro de Cristo Jesús a los gentiles en el servicio sacerdotal del evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles sea aceptable, santificada por el Espíritu Santo” (15,16). Y ahora que ha concluido su labor misionera en la parte oriental del Mediterráneo (15,22-24), espera visitar a los cristianos romanos de camino a España.
Antes de llegar a Roma, sin embargo, escribe esta carta para presentar a los creyentes de allí una exposición del evangelio al que llega. Por consiguiente, cuando escuchan su carta leída en voz alta en su asamblea de culto, oyen a Pablo predicarles en la voz del que lee la carta. Romanos, pues, puede verse como un sermón sobre el evangelio que Pablo predica. Al decir que Romanos puede verse como un sermón, no estoy sugiriendo que se escribiera como un sermón. Tampoco estoy sugiriendo que sea la forma en que Pablo predicó el Evangelio cuando lo proclamó por primera vez a quienes no habían oído hablar de Cristo. Pero insisto en que su intención era que se escuchara como una exposición del evangelio que predica entre los gentiles. Si esto es así, podemos hablar de la predicación epistolar de Pablo.
[1] Como veremos con más detalles, hay que notar que: en ningún otro lugar en las cartas paulinas las Escrituras desempeñen un papel tan central como en Romanos 9-11. En estos capítulos, Pablo hace un amplio uso de las Escrituras para demostrar que Dios siempre ha sido fiel a Israel. El apóstol muestra que el evangelio que predica sobre Cristo está profundamente arraigado en la historia de la salvación revelada en las escrituras de Israel.
3.3. El evangelio de Pablo revela el misterio de Dios
Antes de conocer y seguir a Jesucristo, Pablo ni siquiera podría imaginar el misterio de Dios de la manera como lo predicó. Pablo revela el misterio de Dios de un modo nuevo. Antes de su llamada, su conocimiento de Dios -el Dios de Israel- estaba determinado por la ley. El Dios de Abrahán, Isaac y Jacob había revelado su voluntad en la ley dada a Moisés en el monte Sinaí. Pablo, el fariseo, a través de la ley y los profetas conoció y entendió a Dios. Pero cuando el Dios de Israel se reveló a Pablo como el Dios y Padre de Jesucristo, la comprensión que Pablo tenía del misterio de Dios ha sufrido una transformación que sólo puede explicarse por el evangelio sobre Jesucristo. Puesto que ahora conoce a Jesús como Hijo de Dios, su predicación sobre Cristo anuncia el misterio de Dios recién revelado en Jesucristo. Dos pasajes de la epístola pueden ilustrar el panorama. En el primero, Pablo habla de la justicia de Dios en relación con los gentiles y los judíos (Rom 1,16-3,31). En la segunda, se debate sobre la fidelidad de Dios a Israel a la luz de la incapacidad de Israel para creer en Jesús como Cristo (Rom 9-11).
A. La justicia de Dios (Rom 1,16-3,31). Aunque la justicia de Dios es un tema común en las escrituras de Israel, Pablo lo desarrolla de nuevo a la luz del evangelio de Cristo. Al anunciar el tema de su carta a los Romanos, Pablo afirma: “No me avergüenzo de e que no se avergüenza del evangelio”, porque cuando se proclama el Evangelio de la justicia salvadora de Dios en Jesucristo, se manifiesta el poder de Dios, que trae la salvación a todos los que creen (1,16-17). Tras anunciar este tema, Pablo explica cómo el Evangelio revela la “ira de Dios”, que es el juicio de Dios sobre el pecado (1,18-32).
B. En el segundo pasaje, se debate sobre la fidelidad de Dios a Israel a la luz de la incapacidad de Israel para creer en Jesús como Cristo (Rom. 9-11). Aunque la justicia de Dios es un tema común en las escrituras de Israel, Pablo lo desarrolla de nuevo a la luz del evangelio de Cristo. Al anunciar el tema de su carta a los Romanos, Pablo afirma que no se avergüenza del evangelio. Porque cuando se proclama el Evangelio de la justicia salvadora de Dios en Jesucristo, se manifiesta el poder de Dios, que trae la salvación a todos los que creen (1:16-17). Tras anunciar este tema, Pablo explica cómo el Evangelio revela la “ira de Dios”, que es el juicio de Dios sobre el pecado (1,18-32).
Dado que la humanidad pecadora se niega a reconocer al Creador, Dios castiga a la humanidad permitiéndole revolcarse en su propia pecaminosidad. Para no dar la impresión de que la ira de Dios sólo se revela contra los gentiles, Pablo afirma que la ira de Dios también ha caído sobre el pueblo del pacto de Israel, beneficiario de la ley y la circuncisión (2,1-3,8).
¿Pero cómo puede ser esto? ¿No está Israel en una posición más ventajosa que los gentiles, puesto que conoce la ley y disfruta de la circuncisión, el signo de la alianza? Pablo responde que, a pesar de los dones de la ley y la circuncisión, todos han pecado. Por consiguiente, tanto los judíos como los gentiles están sometidos a la esclavitud del pecado, de la que no pueden liberarse (3,9-20).
Después de describir la condición humana al margen de la gracia de Dios en Jesucristo, en 3,21-31, Pablo vuelve al tema de la justicia de Dios para mostrar que, puesto que todos han pecado y por ello están privados de la gloria de Dios, Dios ha justificado gratuitamente a todos, tanto gentiles como judíos, sobre la base de la fe en Jesucristo.
El resultado de lo que Pablo proclama en Romanos 1-3 y 9-11 es el siguiente: la proclamación del Evangelio sobre Jesucristo revela a Dios de nuevo. Dios es siempre justo y verdadero. Dios ha elegido y escogido a quien ha querido. Pero el significado de la justicia y la ira de Dios, y cómo Dios actúa con los que elige, se ha revelado de nuevo en Jesucristo. Dios revela su justicia y su juicio en y a través de la fe en Jesucristo. Dios muestra fidelidad y lealtad al pacto a través de Jesucristo. Conocer a Jesucristo es conocer a Dios como justo y fiel. El Dios de Israel no ha cambiado, porque el Dios de Israel es el Dios y Padre de Jesucristo. Sin embargo, en Jesucristo, el Dios de Israel se ha revelado de maneras nuevas y sorprendentes.
4. Israel en vista del evangelio de Jesucristo, Pablo y el AT
Pablo recurre a las Escrituras con más densidad que en cualquier otra parte de esta o de cualquiera de sus otras cartas (véase Wagner 2011, 155-57), pero no siempre lee las Escrituras de una manera predecible. Provoca a sus oyentes, llevándolos al borde de la convicción de que Israel ha sido rechazado, solo para rechazar esa convicción de plano. Empuja a la audiencia a concluir que el problema es Israel, solo para atacar a su audiencia, en su mayoría gentil, por su arrogancia, una preocupación que persiste en los capítulos posteriores a Romanos 9-11 (véase 12,3, 16; 14,10). Llegar prematuramente a una conclusión sobre cualquier afirmación individual es costoso, ya que algunos comentarios anteriores se reformulan e incluso se subvierten más adelante. Esa característica se mantiene a lo largo de Romanos, pero quizá sea especialmente cierta aquí.
Además de la introducción y la conclusión (9,1-5; 11,33-36), hay pocas divisiones claras dentro de esta sección. En lo que sigue, la serie de preguntas “¿Qué diremos?” y fórmulas de revelación (“Por lo tanto, digo”, “No quiero que ignoren”) se han utilizado para marcar nuevas divisiones, ya que esas preguntas y fórmulas indican un deseo de captar la atención del público mientras se pasa de la creación de Israel por parte de Dios a una reflexión acerca de la situación actual de Israel.
¿Qué es lo que Pablo quiere demostrar desde el comienzo de la carta? Que el Evangelio, el tema de la carta, es “el Evangelio de Dios”, a saber: Buenas Nuevas (euangelios) enviadas por el Dios del Antiguo Testamento (AT), el “Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob…” y, por tanto, un evangelio “que por medio de sus profetas ya había prometido en las Sagradas Escrituras” (1,2), en la TaNaK, del pueblo de las promesas.
El término “TANAK” como designación de la Escritura de Israel lo utilizamos con precaución, pues, como veremos, las citas de la Escritura que utiliza Pablo normalmente provienen de la Septuaginta (LXX), la traducción griega de la Biblia, según las versiones conocidas en su época, en la cual predominaba la cultura grecorromana. De hecho, para Pablo no puede haber Buenas Nuevas en Cristo a menos que lo que Dios ha realizado y revelado en Cristo forme parte del plan maestro que la Escritura (hoy para los cristianos el AT) nos revela.
Precisamente por esta razón, el apóstol Pablo ha de hablar del rol que juega Israel en vista del evangelio de Jesucristo, dado que, para el tiempo en que escribe la carta ya se ha podido corroborar con bastante claridad que la mayor parte de los judíos no han respondido al evangelio (Buenas Nuevas), o sea el anuncio cristiano. Las cartas de Pablos hablan de sus reiteradas predicaciones a los judíos, y de la respuesta que vio fue mínima. No obstante, cuando Pablo se volvió a los gentiles, la respuesta fue mucho mayor (véase las cartas y Hechos). De modo que ahora el apóstol se dirige a una iglesia que es en gran medida gentil. ¿Cómo, pues, se ajusta tal situación con las promesas de Dios en el AT? ¿Acaso Dios no prometió mandar a su Mesías (Cristo) a Israel, para glorificar a su pueblo, y para bendecirle en el reino que estaba a las puertas? ¿Cómo puede cumplirse esta promesa en una iglesia cuyos miembros provienen en gran medida del mundo gentil?
En Rom 9-11, apóstol explica que la obra de Dios en el Evangelio de Cristo está en continuidad con lo que él prometió en el AT. Sin dudas, los judíos necesitaban este mensaje. Para poder abrazar el Evangelio, han de ver que éste es realmente el cumplimiento del AT. Por su parte, los judíos cristianos también han de tener en claro, sin lugar a duda, que su fe en Cristo no significa que hayan dejado de creer en el Dios del AT o que no tengan una herencia judía. Sin embargo, los cristianos de origen gentil han de notar también que existe una conexión entre el Antiguo y el NT por lo que al plan de la salvación se refiere. Ellos tienen que comprender que las raíces de su fe se hunden profundamente en suelo fértil de la Escritura de Israel, el AT.
Además, como Pablo declara explícitamente en el capítulo 11 (vv. 13, 17–24, 25), hay una razón práctica por la que los gentiles han de tomar en serio este mensaje. Son una mayoría en la Iglesia Cristiana Primitiva, tanto en Roma como en el resto del Imperio. Tienen la tendencia a jactarse de su posición y menospreciar a los cristianos de origen judío. Así que Pablo quiere menoscabar su arrogancia, mostrándoles que sus bendiciones espirituales son fruto de lo que Dios ha hecho a través de su pueblo Israel.
En última instancia, pues, Romanos 9–11 no trata de Israel, sino de Dios. El tema de la sección se encuentra en 9,6: “Ahora bien, no digamos que la Palabra de Dios ha fracasado”. Dios, sostiene Pablo, es coherente y absolutamente fiel a sus promesas. Para demostrar esta tesis, el apóstol desarrolla en estos capítulos tres ideas esenciales relativas al pasado, presente y futuro de Israel.
(1) Las promesas dadas por Dios a Israel en el pasado son consistentes con lo que está haciendo ahora al salvar solo a algunos judíos y gentiles (9,6–29). En 9,30–10,21, Pablo abandona la línea principal de su argumento para analizar con mayor detalle el sorprendente giro de los acontecimientos: que muchos judíos se han negado a creer en Jesús el Mesías mientras que muchos gentiles sí lo han hecho.
(2) En 11,1–10, Pablo pasa a hablar del presente de Israel, mostrando que Dios está en este mismo momento cumpliendo su promesa al salvar a muchos judíos.
(3) El clímax viene en el futuro (11,11–32), cuando “todo Israel será salvo” (v. 26). Pablo concluye esta sección con un himno alabando el maravilloso plan de Dios (11,33–36).
5. Hermenéutica y teología: Romanos 9-11 y su interpretación
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5.1. El propósito general de la carta a los Romanos
La carta a los Romanos fue escrita no como una exposición detallada de la teología de Pablo hacia el final de su actividad misionera. Teniendo en cuenta el comienzo y el final de la carta que reflejan el objetivo del escrito, se puede observar que Pablo quiere ir a Roma y apoyarse en esa naciente comunidad cristiana para después proseguir su misión en Occidente, así como Antioquia constituye una base para la misión en el Oriente. Obviamente, la iglesia de Roma debe entender la teología de su propósito misionero. La característica que va tomando la iglesia de Roma es su composición de cristianos provenientes del judaísmo y del mundo no judío (que llamamos gentiles). Pablo ve como un peligro que el grupo de los gentiles fueran la gran mayoría.
El problema que Pablo vaticina en la comunidad de Roma, que aún no la ha visitado es, de hecho, un reflejo de la situación que encontró en Antioquía. Allí, la iglesia se vio empujada a mantener la distinción entre judíos y gentiles dentro de la iglesia cristiana: existía un “círculo interno” de cristianos judíos, y si los cristianos gentiles querían pertenecer a él, tenían que circuncidarse (véase Hechos y Gálatas). En Roma, sin embargo, Pablo presiente el peligro de que la iglesia (en su mayoría gentil) disfrute tanto de su condición de verdadero pueblo de Dios que considere a los judíos étnicos no solo como ciudadanos de segunda clase dentro de la iglesia, que siguen manteniendo sus leyes alimentarias cuando ya no es necesario, sino también como personas que están fuera del alcance del evangelio fuera de la iglesia, abocadas a la condenación automática. Pablo, preocupado por estas posibilidades, desea defender dos cosas: la total igualdad entre judíos y gentiles dentro de la iglesia, y una misión hacia los gentiles que siempre incluya también a los judíos en su esfera.[1] Por lo tanto, Podemos decir que Romanos es la carta en la cual el apóstol deposita la semilla con un doble propósito, la misión y la unidad de la iglesia en un terreno teológico.
Dentro de este propósito general, Romanos 9-11 funciona como el clímax del argumento teológico (en contra de Sanders 1983, passim, y Watson 1986, caps. 5-9) y el enfoque del objetivo de la sección exhortativa práctica. Todo Romanos 1-11 es, en cierto sentido, una exposición de cómo el único Dios ha sido fiel, en Jesucristo, a las promesas que le hizo a Abraham: y esta exposición debe necesariamente alcanzar su clímax en el repaso histórico de cómo se han cumplido estas promesas (nótese la forma en que Romanos 9,6 ss. comienza con Abraham y recorre a los profetas, al estilo típicamente judío, antes de pasar a Cristo (10,4) y a la misión de la iglesia (10,9 ss.).
Y solo sobre la base de todo Romanos 1-11 se puede entender la advertencia de Pablo de 11,13 ss. a los cristianos gentiles que se ven tentados por la arrogancia de decir que los judíos están ahora excluidos de la familia de la alianza con Dios de forma permanente. Este argumento de Pablo lo ilustra con la alegoría del olivo es el tema central de este curso. La teología que produce esta comprensión de la misión en 10,14 ss. y 11,13 ss. se convierte entonces, en Romanos 12-16, en la base del fuerte llamado del apóstol a la unidad en la propia Iglesia: en particular, los fuertes deben soportar a los débiles y no complacerse a sí mismos (“el reino de Dios no es comida ni bebida sino caridad en el Espíritu”).
Una de las fortalezas exegéticas de la perspectiva que estamos proponiendo es que no solo Romanos 9-11, sino también 14.1-15.13, son secciones importantes dentro del argumento de la carta en su conjunto, y el clímax de este último pasaje (15.7-13) puede verse, de hecho, como el clímax de toda la epístola. Con este bosquejo un poco rápido hemos preparado el camino para la pregunta: ¿de qué se trata, entonces, Romanos 9-11?
[1] Para un panorama sobre el propósito de Romanos véase, Wedderburn (1988), aunque no se puede coincidir en todo. Seguimos la propuesta de N. T. Wright, The Climax of the Covenant, pp. 232-257.
5.2. ¿De qué trata Romanos 9-11?
En otras palabras, ¿Por qué Pablo escribió los caps. 1-9 después de la sección caps. 1-8? La respuesta va a depender ciertamente, de la visión que uno tenga de los caps. 1-8 y de la epístola en su totalidad. Si la carta es considerada como un simple tratado acerca de la salvación individual de los pecados, esta sección de los caps. 9-11, se vería como un apéndice, con un argumento ajeno, el tema de los judíos. En antiguos tratados, esta rección de la carta ha sido estudiada como un tratado sobre la abstracta doctrina de predestinación, pero esta perspectiva ya no tiene casi seguidores hoy. C.H. Dodd, argumenta que la sección constituye una antigua homilía que Pablo lo tendría para casos de necesidad, y que lo haya insertado aquí sin relevancia con respecto al resto de la carta, que fácilmente podría seguir de 1-8 a 12 (cf. Dodd 1959, 161-163).
Sin embargo, nuestra opción es considerar la sección de Romanos 9-11 como parte integral el resto del argumento de la carta, de manera que la posibilidad de interpretación queda abierta.[1] Algunos estudiosos han apuntado hacia la teología de “las dos alianzas” (s. XIX), en la cual la alianza con Dios, con Cristo y la iglesia, en ningún sentido reemplaza, simplemente es paralela, la alianza que continua con el Israel físico (Stendahl 1976, Gaston 1987). Otros, siguiendo la propuesta de F.C. Baur, opinan que Pablo está enfocado simplemente en el problema de la relación entre judíos y gentiles con la iglesia, específicamente la iglesia de Roma (Wedderburn 1988). Una opción más integrada es la que presenta E.P. Sanders: Pablo pensaría que los judíos deben convertirse al cristianismo para poder llegar a la salvación, pero, si él estuviera todavía vivo, él hubiera modificado la visión que apunta a las dos alianzas (Sanders 1978, véase 1983, 197s., 1991, cap. 11).
Por lo general, se sostiene que, en Romanos 11, Pablo predice una entrada a gran escala de los judíos en el Reino en cumplimiento de la promesa ancestral, después de que los gentiles hayan sido salvados. Por supuesto, existen numerosas variaciones de este tema. Sea cual sea la variación, esta visión básica es difícil que pueda articularse con Romanos 9-11, donde, siguiendo a Gálatas y Romanos 1-8, Pablo deja muy en claro que no hay membresía en la alianza y, por consiguiente, no hay salvación para aquellos que simplemente se apoyan en sus privilegios ancestrales los cuales son mencionados en Romanos 9,1-5).[2]
No se justifica asumir que la carta a los Romanos cap. 11, en su totalidad o en partes, fuera una predicción de una salvación a gran escala y de última hora de los judíos. Con eso, el argumento de encontrar una contradicción fundamental en Romanos 9-11 se desmorona. Considerando estos capítulos en su conjunto, Romanos 9-11 nos llevan a tu propio clímax las series de temas que Pablo ha venido desarrollando a lo largo de la epístola: la justicia de Dios (righteousness), manifestada en Jesús el Mesías (Cristo), no en la Torá (a pesar de que la Torá da testimonio de esta revelación), y el descubrimiento de la verdadera definición del pueblo de Dios dentro de las promesas paradójicas hechas a Abraham y su obra en el juicio y la misericordia, en la cruz y la resurrección.
Y estos temas, al alcanzar este clímax sostenido, dan como resultado un mensaje claro para la iglesia romana: aquí, y en ningún otro lugar, está la base de la misión de la iglesia, la misión en la que Pablo está comprometido y para la que ahora solicita su apoyo. Pablo podía ver que, en Roma, la tentación siempre sería que una iglesia cuyos miembros mayoritariamente provienen de los gentiles, minimizaran u olvidaran sus raíces judías. Pero si la iglesia presta atención a los argumentos del apóstol, tal posibilidad nunca se hará realidad. Ahora queda claro el camino para los capítulos 12-16, en los cuales Pablo aplica toda la teología de Romanos 1-11 a la iglesia misma. Aunque aquí no hay espacio para profundizar más, una lectura de estos capítulos nos hace ver que la atención se centra especialmente en la unidad y la misión de la iglesia, y esto queda muy claro en 14,1-15,13, posiblemente el último énfasis principal de la carta.[3]
Por lo general, se sostiene que, en Romanos 11, Pablo predice un ingreso a gran escala de los judíos en el Reino en cumplimiento de la promesa a los antepasados del pueblo elegido, después de que los gentiles hayan sido salvados. Por supuesto, existen numerosas variaciones de este tema. Sea cual sea la variación, esta visión básica siempre parece articularse muy mal con Romanos 9-11, donde, siguiendo a Gálatas y Romanos 1-8, Pablo deja muy en claro que no hay membresía en la alianza y, por consiguiente, no hay salvación para aquellos que simplemente se apoyan en sus privilegios ancestrales los cuales son mencionados en Romanos 9,1-5).[4]
Si Pablo rechaza la oportunidad de estatus de privilegio especial para los judíos en Romanos 9 y 10, ¿cómo logra, aparentemente, reinstaurar tal posición en el capítulo 11? Es una inconsistencia aparente que ha llevado a muchos a sugerir que la sección contiene una autocontradicción fundamental, que luego se explica ya sea como un consuelo de sentimiento patriótico (Dodd) o las vaguedades de una fantasía apocalíptica (Bultmann). Será nuestro reto estudiar cual es la perspectiva del pensamiento del Pablo en estos capítulos de la carta.
5.3. ¿Qué tiene Rom 9-11 para decir a la iglesia hoy?
En realidad, esta es una pregunta bastante general, como la pregunta, ¿que nos dice hoy todo el NT, a la iglesia y al mundo?[1] En la exegesis queremos aproximarnos a la situación que Pablo enfrenta en su momento, por lo tanto, no debemos absolutizar todo lo que está diciendo, cada una de sus palabras para todos los tiempos. Es una palabra diferente a la que se utiliza en Gálatas, donde la cuestión no es cómo evitar el riesgo del antijudaísmo, sino cómo evitar el riesgo del filo-judaísmo. La hermenéutica no puede abordarse de forma abstracta en este punto, sino que debe basarse en la particularidad y peculiaridad históricas del contexto original.[2]
Dicho esto, el contexto histórico de Romanos está escrito con el fin de promover la misión de la iglesia en una nueva zona y, con ese fin, también busca promover la unidad de la iglesia que emprenderá y/o apoyará esa misión; y afirma, al menos de manera implícita, que tiene autoridad apostólica. Desde ese punto de vista, es de esperar que la iglesia de las generaciones posteriores busque continuidades significativas entre el proyecto de Pablo y la suya propia, y trate de mostrar cómo las tareas a las que se cree llamada pueden trazarse en un mapa que es, en efecto, la extensión de lo que encontramos en Romanos.
La unidad de la iglesia sigue siendo una de las principales prioridades. Es una medida de cuánto ha transitado la iglesia desde la visión de Pablo, que Romanos a menudo ha sido leído como un libro sobre la salvación individual en lugar de como un tratado sobre la naturaleza del pueblo de Dios. No es sorprendente que, en tal interpretación, pasajes altamente significativos (Rom 4; 5,12-21; 9-11) hayan sido efectivamente marginados o reducidos al estatus de “ejemplos” o “pruebas de las escrituras”. Y cuando Pablo habla de la unidad de la iglesia, se refiere específicamente a una unidad que atraviesa las barreras raciales. Esto tiene implicaciones inmediatas para la misión que Pablo imagina. El evangelio es “primero para los judíos y también para los griegos”.
Pablo está ofreciendo una doctrina de Dios, y del pueblo de Dios, que está firmemente construida sobre Cristo y el Espíritu, y en la que el pueblo de Dios es conocido, no por raza o comportamiento moral, sino por la fe inspirada por el Espíritu en el Dios revelado en Jesús. El designio de la alianza de Dios era la elección de un pueblo a través del cual el mundo sería sanado. Ese propósito, alcanzando su clímax en el Mesías, Cristo, ahora debe trabajarse a través de su pueblo.
Nuestro diccionario de la Real Academia Española recoge una docena de acepciones en el uso de la palabra “sentido”. En ellas describe: expresar sentimientos, facilidad en ofenderse, capacidades (percibir lo externo e interno, reconocer, entender, apreciar o juzgar algo) y habilidades (para hacer algo o para juzgar bien), las dos orientaciones opuestas de una misma dirección (como, sentido único, sentido opuesto) significados e interpretación de palabras. Pero, además, otras dos acepciones “sentido” expresa la tendencia o intención de algo, así como su razón de ser, finalidad o justificación. Si vamos a la Biblia, también entre una docena de citas, leemos por ejemplo en Nehemías lo siguiente: “Leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura” (Neh 8,8).
El camino de la hermenéutica es justamente buscar sentido, o sea el significado e interpretación no solamente de las palabras sino del mensaje del autor sagrado. Con ese espíritu de Esdras y Nehemías queremos desempolvar el pliego de la Escrituras Sagradas, el texto de Pablo, volver a escuchar su mensaje a los Romanos, en sus propios términos, que nos indica cual es la “ley” de Dios, los principios de convivencia, de discernimiento, que nos ayuden a fomentar el dialogo y la vivencia del amor de Dios que lo transforma todo.