Clase 3. LA ELECCIÓN DE ISRAEL POR PARTE DE DIOS: 9,1-18 (II)

Sitio: SAN PABLO Campus
Curse: El Olivo amado de Dios
Libro: Clase 3. LA ELECCIÓN DE ISRAEL POR PARTE DE DIOS: 9,1-18 (II)
Impreso por: Cuenta visitante
Fecha: Friday, 25 de September de 2026, 10:47

Descripción

Recapitulación del tema anterior acerca de Rom 9,1-13 seguido de la presentación de los tres momentos del estudio del texto:

El sentido original del texto.

Primera objeción y la respuesta de Pablo (9,14-18)

  • a) Objeción y respuesta inicial (9,14)
  • b) Confirmación de la Escritura (9,15)
  • c) Conclusión: Un asunto no de esfuerzo sino de la misericordia de Dios (9,16)
  • d) Confirmación de la Escritura (9,17)
  • e) Conclusión: Misericordia y endurecimiento (9,18)

Construyendo vínculos

Significado para nuestro presente

1. Recapitulación de lo visto: Rom 9,1-13

Como hemos visto hasta ahora, Pablo escribía a una iglesia envuelta en un conflicto entre judíos y gentiles. Y su evangelio y su teología misionera podían resultar ofensivos tanto para los judíos como para los gentiles por diversas razones. A la luz de la potencial oposición de doble filo a la que se enfrentaba Pablo en Roma, podemos ver su estrategia retórica en acción, buscando la unidad de judíos y gentiles en la iglesia de Roma y la aceptación común de su evangelio y su práctica misionera.

A la minoría judía, Pablo les asegura su amor por el pueblo judío, su gran preocupación por su bienestar y su reconocimiento de su estatus privilegiado. A la mayoría gentil, reconoce el estado que Pablo llama “anatema” (separación) en que se encuentra el Israel étnico, pero modela la actitud correcta hacia el pueblo judío —amor y respeto— y condena implícitamente cualquier arrogancia o dureza de corazón hacia ellos. Además, proporciona una justificación implícita para dar prioridad a los judíos en su estrategia misionera: los privilegios y bendiciones del evangelio y la elección que este otorga pertenecen más propiamente a los judíos como pueblo histórico de Dios.

2. LA ELECCIÓN DE ISRAEL POR PARTE DE DIOS: 9,1-18 (II)

.

2.1. El sentido original del texto.

Primera objeción y la respuesta de Pablo (9,14-18)

a) Objeción y respuesta inicial (9,14)

b) Confirmación de la Escritura (9,15)

c) Conclusión: Un asunto no de esfuerzo sino de la misericordia de Dios (9,16)

d) Confirmación de la Escritura (9,17)

e) Conclusión: Misericordia y endurecimiento (9,18)

 

Dios es justo porque actúa para su gloria (9,14-18)

En esta unidad, Pablo emplea la retórica de la diatriba para plantear una objeción a este principio de elección: los caminos de Dios parecen arbitrarios e injustos (9,14-18). La respuesta de Pablo es que el principio de elección es una expresión de la misericordia de Dios. Ser elegido depende de la misericordia de Dios, no de la voluntad o las acciones humanas. En la cuarta unidad, Pablo aborda una objeción que surge de su respuesta a la primera objeción (9,19-29). Si Dios tiene misericordia de quien quiere, ¿quién puede resistirse a la voluntad de Dios?[1]

Las preguntas retóricas, unidas a una enérgica respuesta negativa en el versículo 14, muestran que Pablo regresa al estilo de diatriba para clarificar las objeciones a su enseñanza. El apóstol ha enseñado que Dios escogió a Jacob y rechazó a Esaú sencillamente porque así lo quiso; nada que hubiera en ellos le llevó a actuar como lo hizo (9,10-13). En respuesta a esta enseñanza es natural plantear la pregunta “¿acaso es Dios injusto?”.[2]

Resumiendo el argumento del apóstol, a pesar de su angustia por la falta de fe de sus compatriotas, Pablo proclama: “Pero no es como si la palabra de Dios hubiera fallado” (9,6a). Al afirmar su confianza en la eficacia de la palabra de Dios, Pablo se hace eco de dos textos del libro del profeta Isaías: “La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanecerá para siempre” (Is 40,8). Y de nuevo: “Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que cumplirá lo que yo quiero y logrará lo que la envié a hacer” (Is 55,11). Para confirmar su tesis, Pablo afirma: “Porque no todos los que son de Israel pertenecen a Israel” (9,6b). Aunque «Israel» aparece dos veces en esta frase, Pablo no utiliza el término de la misma manera en ambas ocasiones. En la primera, se refiere al patriarca Israel, y en la segunda, a la nación que desciende de él. La tesis de Pablo es que no todos los descendientes físicos del gran patriarca pertenecen al pueblo que lleva su nombre.[3]

Para explicar que el amor electivo de Dios prefirió a Jacob Pablo comienza con el ejemplo de los “descendientes” / “simiente” de Abraham. Génesis 18,1-15, en el que el Señor se le apareció a Abraham en Mambre bajo la apariencia de tres hombres que le prometieron que Sara tendría un hijo en el plazo de un año, lo que hizo reír a Sara (Génesis 18,13). Basándose en Génesis 18,10, 14, Pablo escribe: Porque esta es la palabra de la promesa: “Volveré por este tiempo y Sara tendrá un hijo” (9,9). La primera parte del argumento de Pablo se puede resumir de esta manera: hay una distinción entre los hijos de Abraham. Aunque todos son sus hijos, no todos son considerados su descendencia, miembros del pueblo de Israel, ya que la línea de descendientes es a través de Isaac, el hijo de la promesa. Para que nadie objete que Isaac fue preferido a Ismael porque Sara era la esposa de Abraham y Agar su concubina, en 9,10-13 Pablo emplea un ejemplo más poderoso, en el que introduce explícitamente el concepto de “elección” por primera vez.[4]

Pasando al nacimiento de Jacob y Esaú, que compartían la misma madre y el mismo padre (Rebeca e Isaac), Pablo destaca cómo Dios eligió a Jacob y rechazó a Esaú antes de que ninguno de los dos naciera o hiciera nada. Pablo argumenta señalando la diferencia entre este ejemplo y el anterior: No solo eso, sino que incluso cuando Rebeca concibió de un solo hombre, nuestro padre Isaac (9,10). En el caso de los dos hijos que Pablo va a discutir ahora, Esaú y Jacob, ambos fueron concebidos por la misma madre a través del mismo padre. Este es un punto crucial para Pablo, ya que destaca que, a diferencia de Isaac e Ismael, Esaú y Jacob tenían el mismo estatus. Para reforzar este punto, Pablo enfatiza que la elección de Jacob por parte de Dios, en lugar de Esaú, ocurrió antes de que nacieran o hubieran hecho algo bueno o malo (9,11a). Señalando este momento antes del nacimiento de los hijos, Pablo concluye que esto ocurrió para que el propósito de la elección de Dios se mantuviera, no basado en las obras, sino en la base de quien llama (9,11b-12a).

Al igual que en la tradición judía escrita anterior, la literatura rabínica se caracteriza por una tendencia a considerar a Jacob como extremadamente bueno y a Esaú como extremadamente malo. De hecho, se creía que la bondad de Jacob y la maldad de Esaú, junto con su conflicto, habían comenzado en el útero. Jacob intentó salir del útero para ir a las sinagogas, mientras que Esaú intentó ir a los templos de ídolos (Génesis R. 63,6 sobre Génesis 25,22).

Con esta afirmación, Pablo introduce explícitamente por primera vez la palabra “elección” (eklogēn) en la sección de Romanos 9,1-29, un término que volverá a aparecer en 11,5, 7, 28. Pablo afirma que esta elección tuvo lugar antes de que nacieran los hijos, para dejar claro que la elección de Jacob no tenía nada que ver con ninguna “obra” que él hubiera realizado, sino que dependía completamente de Dios, que lo llamó antes de que naciera. Para confirmar esto, Pablo concluye su argumento con dos citas bíblicas: «Se le dijo: “El mayor servirá al menor”». Como está escrito: «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí» (9,12b-13). La primera cita proviene de Génesis 25,23, que forma parte de un episodio en el que Rebeca (Rebekah en el AT) se queja a Dios cuando los hijos que lleva en su vientre «luchan juntos dentro de ella» (25,22). En respuesta, Dios le revela que hay dos naciones en su vientre y que «el mayor servirá al menor».

El ciclo de Jacob forma parte de la historia patriarcal del Génesis (capítulos 12-50), que desarrolla la trama principal del libro sobre las promesas de Dios a Abraham y su cumplimiento, resumidas en Génesis 12,1-3. 4. La parte de esta saga que nos ocupa más directamente aquí, Génesis 25,19-34, se hace eco de una serie de características del ciclo de Abraham (11,27–25.11), ya que prepara al público para la historia del origen del pueblo de Israel en su antepasado Jacob, enfatizando la continuidad entre Abraham y Jacob y que la línea de la promesa pasa por Jacob.

La segunda cita proviene del comienzo del libro del profeta Malaquías (1,2-3). Aunque Dios afirma su amor por el pueblo, ellos preguntan: «¿Cómo nos has amado?», lo que lleva a Dios a responder: «¿No es Esaú hermano de Jacob? [...] Sin embargo, he amado a Jacob [Israel], pero he odiado a Esaú [Edom]». En otras palabras, aunque Esaú y Jacob eran hermanos, el amor electivo de Dios prefirió a Jacob.

La conclusión del argumento de Pablo es la siguiente: Israel ha surgido por elección divina. Dios seleccionó a los descendientes de Isaac en lugar de los de Ismael, y Dios eligió a los descendientes de Jacob en lugar de los de Esaú. No todos los hijos de Abraham son sus verdaderos descendientes. Sus verdaderos descendientes son los que pertenecen al linaje de Isaac y Jacob. Por eso no todo Israel ha creído en el evangelio. La palabra de Dios no ha fallado, pues, como mostrará Pablo, Dios sigue obrando de la misma manera electiva/selectiva para llevar a cabo el cumplimiento del plan redentor que comenzó con la elección de Israel.

 

 

Rom 9,14-18

14 Entonces, ¿qué diremos? ¿Que Dios es injusto? ¡De ningún modo! 15 Él dijo a Moisés: Seré misericordioso con quien lo sea; me apiadaré de quien me apiade. 16 Por tanto, no se trata de que alguien quiera o se afane, sino de que Dios tenga misericordia. 17 La Escritura dice de Faraón: Te he suscitado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea conocido en toda la tierra. 18 Así pues, usa de misericordia con quien quiere, y endurece a quien quiere.

 

Trasfondo de la Escritura utilizada por Pablo

¿Cuál es el antecedente o trasfondo del AT que subyace al discurso de Pablo en Rom 9,10-18? Se trata del análisis de Génesis 25,23; Mal 1,2-3; Éxodo 33,19b; y Éxodo 9,16. Una vez presentado dichos textos aplicaremos los resultados de esa investigación a la exégesis de Rom 9,10-18.[5]

Utilizando cuatro citas del AT, Pablo resume el período patriarcal como un tiempo de elección en el que Dios seleccionó, primero entre los hijos de Abraham y luego entre los hijos de Isaac, la verdadera “descendencia” o “simiente” (Gr. sperma) de Abraham para crear Israel.

 En 9,14-19, Pablo emplea dos citas para mostrar cómo el amor electivo de Dios preservó a Israel durante el período de su éxodo de Egipto. Primero, en Rom 9,15 cita Éxodo 33,19, un pasaje que muestra que Moisés desea ver a Dios, y en la respuesta, las palabras de Dios resaltan su misericordia hacia Moisés e Israel:

18 Entonces Moisés dijo a Yahvé: «Déjame ver tu gloria.» 19 Él le contestó: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahvé; pues concedo mi favor a quien quiero y tengo misericordia con quien quiero.»

El Segundo pasaje, en 9,17 Pablo cita Éxodo 9,16 para explicar el rol que jugara el Faraón en el plan electivo de Dios, se trata del pasaje del anuncio de la séptima plaga: la granizada:

13 Yahvé dijo a Moisés: «Levántate mañana temprano, preséntate al faraón y dile: Esto dice Yahvé, el Dios de los hebreos: ‘Deja salir a mi pueblo para que me dé culto.’ 14 Pues esta vez voy a mandar todas mis plagas contra ti, tus cortesanos y tu pueblo, para que sepas que no hay como yo en toda la tierra. 15 Porque si yo hubiera extendido mi mano y te hubiera herido con peste a ti y a tu pueblo, ahora ya habrías desaparecido de la tierra; 16 pero te he preservado para mostrarte mi poder y para que se proclame mi nombre por toda la tierra. 

Al igual que en la unidad anterior (Rom. 9,6–13), Pablo cita las Escrituras de Israel para mostrar que, así como Dios obró sobre la base de la elección durante el período patriarcal, también lo hizo durante el período del éxodo para salvar a Israel.

Rom 9,14

Entonces, ¿qué diremos? ¿Que Dios es injusto? ¡De ningún modo! 15 Él dijo a Moisés: Seré misericordioso con quien lo sea; me apiadaré de quien me apiade. 16 Por tanto, no se trata de que alguien quiera o se afane, sino de que Dios tenga misericordia.

La fuerte redacción del versículo 13 («A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí») obliga a plantear la pregunta del v. 14. A pesar de la respuesta tajante de Pablo a la pregunta («¡Por supuesto que no!»), apenas la responde en las líneas siguientes. Pablo continúa su extraña historia de Israel, esta vez a través de la pareja formada por Moisés y el faraón (en lugar de Jacob y Esaú). El tratamiento que Pablo da a las dos figuras es similar en su forma:

 Introducción de Moisés/Faraón (vv. 15a, 17a)

 Cita de las Escrituras (vv. 15b, 17b)

 Conclusión interpretativa (vv. 16, 18)

Este tratamiento paralelo refleja el argumento de Pablo: lo importante en cada caso es lo que Dios hace a través del agente humano.

9,15 el discurso de Dios a Moisés, proviene de Éxodo 33,19 LXX, cuyo contexto más amplio es la impactante construcción y adoración del becerro de oro por parte de Israel (Wagner 2002, 52; Barclay 2010a). Sin embargo, la declaración divina no se produce cuando Moisés intercede por el perdón de Israel (32:30-35), sino más tarde, cuando Moisés suplica a Dios que le conceda su presencia. La misericordia que recibe Moisés, y Israel junto con él, es la de la presencia continua de Dios. Además, el intercambio está marcado por la declaración de Dios de que Moisés no puede verlo; es decir, Moisés no puede conocer los caminos de Dios. Ese contexto del Éxodo puede estar presente en 9,15, en el sentido de que la humanidad no puede conocer la mente de Dios, ya que Dios tiene misericordia. En otras palabras, lo que Pablo considera importante en el acontecimiento bíblico es la intención de Dios de estar presente con Moisés (e Israel) más que la desobediencia de Israel.

Si es así, lo que Pablo tiene en mente con «misericordia» es la presencia continua de Dios más que el perdón como tal, o al menos la combinación de ambos.

Además, el intercambio está marcado por la declaración de Dios de que Moisés no puede verlo; es decir, Moisés no puede conocer los caminos de Dios. Ese contexto del Éxodo puede estar presente en 9,15, en el sentido de que la humanidad no puede conocer la mente de Dios cuando Él tiene misericordia. En otras palabras, lo que Pablo considera importante en el acontecimiento bíblico es la intención de Dios de estar presente con Moisés (e Israel) más que la desobediencia de Israel.

Si es así, lo que Pablo tiene en mente con «misericordia» es la presencia continua de Dios más que el perdón como tal, o al menos la combinación de ambos. Los comentarios de Pablo sobre el faraón en el v, 17 refuerzan esa interpretación, pero primero viene la conclusión extraída de la declaración a Moisés: la acción de Dios no tiene nada que ver con la planificación o el esfuerzo humanos, sino solo con Dios, que aquí se nombra Dios-que-tiene-misericordia. La conexión con el versículo 12 es clara. Nada de la acción de Dios, ni en la elección de Jacob ni en la presencia misericordiosa de Dios con Moisés (y por tanto con Israel), depende de la acción humana. La referencia a la misericordia de la cita se traslada al versículo 16, donde Pablo describe a Dios como «el Dios que es misericordioso», introduciendo un lenguaje que ocupa un lugar destacado en Rom 11.

Rom 9,17 introduce al segundo agente humano en escena, a saber, el faraón. Sin introducción alguna, Pablo cita una palabra divina dirigida al faraón en las escrituras: «Te levanté por esta razón, para demostrar mi poder en tu caso y para que mi nombre sea proclamado en toda la tierra». La cita está tomada de Éxodo 9,16 LXX, aunque con algunas modificaciones leves pero significativas:

Y fuisteis preservados por esta razón: para que yo pudiera demostrar mi fuerza en vosotros y para que mi nombre se difundiera por toda la tierra.

Sin embargo, en lugar de «fuiste preservado», Pablo escribe: «Yo te levanté». Más allá de la afirmación de que Dios protegió la vida del faraón, en la interpretación de Pablo el faraón existe para los propósitos de Dios (no menos que Isaac o Jacob). Además, Pablo emplea una palabra diferente para referirse a la fuerza o el poder. Mientras que Éxodo 9,16 afirma que Dios demuestra su poder, Pablo emplea otro sustantivo, dynamis (véase Rom 1,16, 20; 15,13, 19).

Éxodo 9,16 se dirige al faraón, pero, especialmente con estas modificaciones, se dirige más allá del faraón al «tiempo presente» de Pablo. No solo se trata de la realización del poder de Dios en otras partes de Romanos, pero la difusión del nombre de Dios en toda la tierra anticipa la conclusión de la carta en 15,7-13. La afirmación de que el faraón es el instrumento del poder de Dios también anticipa 9,22, donde los vasos de ira tienen el propósito de dar a conocer el poder de Dios. La frase final, «toda la tierra», aparece en Éxodo 9,16, pero aquí es especialmente importante, ya que pas (Gr. «todo») recuerda el horizonte universal de Romanos (Tobin 2004, 331). Al describir Pablo la acogida de Cristo tanto a judíos como a gentiles «para la gloria de Dios» (15,7), espera con ilusión la alabanza compartida del nombre de Dios por parte de todos los pueblos (15,9). De varias maneras, entonces, Éxodo 9,16 se dirige al faraón, pero va más allá del faraón y se refiere al evangelio que Pablo anuncia a los romanos.

Rom 9,18. Pablo saca la conclusión pertinente («por lo tanto», ara oun) de la cita (v. 18). Si bien Dios tiene misericordia de aquellos que él elige (repitiendo el v. 15), Dios también endurece a aquellos que él elige. El faraón es la figura por excelencia con un corazón endurecido. En Éxodo y en otros lugares, el endurecimiento del corazón del faraón se atribuye tanto a Dios como al faraón (como en Éxodo 4,21; 9,34-35; 10,1; 13,15; véase también 1Sam 6,6). Esta responsabilidad compartida por la desobediencia del faraón perdura en la historia de la interpretación (McGinnis 2012). Pablo, por el contrario, no dice nada sobre la resistencia del faraón a la voluntad de Dios. En este relato, el faraón no es más responsable de su endurecimiento que Isaac y Jacob de su nacimiento.

9,14–29 La peculiar misericordia de Dios.

En un contexto amplio de nuestro pasaje «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí» (Rom 9,13). La crudeza de la formulación impulsa a Pablo a plantear una pregunta sobre la injusticia (o maldad) de Dios, que se responde en términos de la misericordia y la libertad de Dios. Pablo continúa repasando la historia de Israel, esta vez en las personas de Moisés y especialmente del faraón, antes de pasar bruscamente en el v. 24 al tiempo presente («nosotros»). La pregunta inicial y la respuesta sobre la justicia de Dios (vv. 14-18) son seguidas por una pregunta sobre la posibilidad de la resistencia humana (vv. 19-21), lo que da lugar a una fuerte defensa del propósito de Dios (vv. 22-23), tanto en el caso de «nosotros» (judíos y gentiles que han sido llamados, vv. 24-26) y en el caso de Israel en su conjunto (vv. 27-29).[6]

9,14–18. En 9,7–13, Pablo introdujo el principio de la elección para respaldar su tesis de que la palabra de Dios no ha fallado (9,6a) a pesar del fracaso de la mayoría de sus compatriotas en aceptar el evangelio (9,1–5). Argumentó que, a lo largo de la historia de Israel, Dios siempre ha obrado sobre la base de la elección. Por lo tanto, la negativa de la mayoría de los compatriotas de Pablo a creer en el evangelio no es un fracaso de la palabra de Dios, sino otro ejemplo del misterio de la elección divina.

Consciente de que este argumento puede dar lugar a malentendidos, en 9,14-29 Pablo vuelve al estilo de la diatriba y plantea dos objeciones a su tesis sobre el propósito electivo de Dios (9,14, 19).

Luego vuelve al tema de la elección en 9,24-29 para ilustrar cómo el propósito electivo de Dios está obrando en el tiempo presente. Pablo plantea la primera de estas objeciones en esta unidad (9,14-18): ¿No es el propósito electivo de Dios arbitrario y una manifestación de “injusticia” (adikia) por parte de Dios, una objeción que se hace eco de la acusación de 3,5? Para responder a esta objeción, Pablo recurre al período de la estancia de Israel en Egipto para ilustrar cómo el propósito electivo de Dios resultó en misericordia y protección para Israel. Al hacerlo, el apóstol continúa contando la historia de su pueblo desde el punto de vista de la elección divina.[7]

Empleando una expresión (ti oun eroumen) que ya ha utilizado en numerosas ocasiones (3,5; 4,1; 6,1; 7,7; 8,31), y a la que volverá en 9,30, Pablo pregunta: «¿Qué diremos entonces? ¿Hay injusticia por parte de Dios? (9,14a). A continuación, responde enfáticamente a su propia pregunta, como hace siempre que considera que la pregunta es un malentendido o una tergiversación de su evangelio: ¡Por supuesto que no! (9,14b).

«¿acaso es Dios injusto?» (9,14-18)

 Las preguntas retóricas, unidas a una enérgica respuesta negativa en el v. 14, muestran que Pablo regresa al estilo de diatriba para clarificar las objeciones a su enseñanza. El apóstol ha enseñado que Dios escogió a Jacob y rechazó a Esaú sencillamente porque así lo quiso; nada que hubiera en ellos le llevó a actuar como lo hizo (9,10-13). En respuesta a esta enseñanza es natural plantear la pregunta «¿acaso es Dios injusto?».

 Algunos lectores de Romanos se sienten desconcertados al observar que en los versículos 15–18 Pablo no parece responder realmente esta cuestión. Sin embargo, si la entendemos correctamente, veremos que de hecho sí lo hace. La clave es poner el asunto de la Justicia de Dios en su contexto bíblico. Determinar qué está bien y qué mal, qué es justo y qué no lo es, demanda un modelo de medición. En última instancia, esa norma es nada menos que el propio carácter de Dios (ver comentarios sobre 3:25–26). Por consiguiente, Dios actúa justamente cuando lo hace de acuerdo con su persona y plan. Esto es precisamente lo que Pablo afirma en 9,15–18.

El argumento se divide en dos partes paralelas, cada una de ellas con una cita del AT (vv. 15 y 17), y una conclusión que se establece a partir de la cita («por lo tanto/así que», vv. 16, 18).

Para fundamentar su respuesta, Pablo recuerda un episodio de la historia de Israel en el que el amor electivo de Dios preservó y aseguró la continuidad de la nación. Citando Éxodo 33,19 LXX, escribe: «Porque él dice a Moisés: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y tendré compasión del que yo tenga compasión”» (9,15). ¿Cuál es el contexto de la cita?: Después del episodio del becerro de oro (Éxodo 32), el Señor le ordena a Moisés que «salga de este lugar» y vaya a la tierra que Dios juró dar «a Abraham, Isaac y Jacob» (33,1). Pero como Israel ha roto la alianza, el Señor le dice a Moisés: «Yo no subiré en medio de ti» (33,3). Angustiado, Moisés intercede por Israel y le pide a Dios que la presencia divina los acompañe (33,12-19). En ese momento, el Señor cede y Moisés le pide: «Muéstrame tu gloria, te lo ruego». El Señor responde con las palabras que Pablo cita en Rom 9,15.

Empleando la fórmula ara oun, Pablo saca una conclusión basada en el propósito electivo de Dios tal y como se manifestó en el período del éxodo: Por consiguiente, no es cuestión de querer o esforzarse, sino de que Dios ejerza su misericordia (9,16). Con este versículo, Pablo se hace eco de lo que ha dicho en 9,11-12 acerca de la naturaleza misericordiosa del amor electivo de Dios por Jacob. En 9,11-12, Pablo ha insistido en que «no es por las obras, sino por el que llama», pero aquí afirma que no es cuestión de «querer o esforzarse», sino de «que Dios ejerza su misericordia».

El paralelismo entre los dos pasajes es el siguiente:

no por las obras

sino por aquel que llama

no es cuestión de voluntad o esfuerzo

sino por la misericordia de Dios

 

(1) Pablo cita en primer lugar Éx 33,19, donde Dios revela a Moisés un aspecto fundamental de su carácter: él es libre de conceder misericordia a quienquiera que desee. Esto significa, señala Pablo, que «no depende del deseo ni del esfuerzo humano sino de la misericordia de Dios» (Rom 9,16). ¿Pero qué es lo que «no depende del deseo ni del esfuerzo humano […]»? Probablemente, en vista del versículo 15, la divina concesión de misericordia a las personas.1

 Recibir el favor de Dios no depende de nada que alguien pueda desear o hacer, sino solo de la propia voluntad de Dios para mostrar misericordia. El que Pablo mencione tanto el «deseo» como el «esfuerzo» apoya nuestra conclusión en el sentido de que el apóstol excluye la fe y las obras como fuentes de la elección (ver v. 12).

 (2) Una segunda cita refuerza la libertad de Dios para actuar libremente, pero ahora desde una óptica negativa (v. 17). El relato de la divina liberación de Israel de la esclavitud en Egipto es una parte esencial de la línea argumental de la Biblia. Este mensaje de Dios sobre su misericordia le fue expresado originalmente a Moisés, el instrumento humano que Dios utilizó para liberar a su pueblo (v. 15).

Puede que, por esta referencia, Pablo recurra ahora a Faraón, el antagonista de Moisés en esta narración, y cite una palabra que Dios le habló a él (Éx 9,16). La esencia del mensaje es que Dios llevó a Faraón al escenario de la Historia («te he levantado») para cumplir sus propósitos, es decir, para desplegar su poder y proclamar su nombre. Al resistirse a la divina determinación de liberar a su pueblo de la cautividad, Faraón forzó a Moisés a obrar una serie de milagros, que culminó con la división del «Mar de los Juncos», para sacar a Israel de Egipto. Esa demostración del poder de Dios se hizo bien conocida por toda aquella parte del mundo (cf. Jos 2:10).

 La conclusión expresada en el v. 18 no solo afecta al versículo 17, sino también a 15–16. Resume la libertad de Dios en su impacto sobre los seres humanos tanto en su aspecto positivo como en el negativo. Del mismo modo que el mensaje divino a Moisés muestra que Dios es libre para mostrar misericordia a quien lo desee, así su palabra a Faraón muestra que lo es también para «endurecer» a quien quiera. Cualquiera que conozca la historia del Éxodo reconocerá la importancia que tiene dentro de este relato la palabra «endurecer».

 «Endurecido» estaba el corazón de Faraón, y por ello siguió resistiendo la voluntad de Dios ante demostraciones milagrosas cada vez más espectaculares. La palabra «endurecer» alude a un estado de falta de sensibilidad hacia Dios, su Palabra y su obra. En el libro de Éxodo no queda clara la relación entre la divina decisión de endurecer el corazón de Faraón, y el propio endurecimiento de su corazón por parte de Faraón. Sin embargo, esta cuestión es irrelevante, puesto que Pablo atribuye claramente a Dios la iniciativa. ¿Pero a qué alude ese «tener misericordia» y «endurecer» de Dios? Tenemos aquí las mismas opciones que en el asunto similar de la elección de Dios en 9,7–13.

El argumento de Pablo en 9,14-18 respalda su argumento en 9,10-13, que a su vez respalda 9,8, la expresión más clara y enfocada del argumento de Pablo en apoyo de 9.6b, que a su vez apoya 96a, el punto principal de Romanos 9–11. Todo ello tiene como objetivo demostrar la fidelidad de Dios a sus promesas a Israel. Más técnicamente, la objeción de 9,14 surge del punto principal de 910-13, contenido en la declaración de propósito de 9.11c-12b, que sostiene que el propósito de Dios de salvar al mundo se cumplirá no sobre la base de las obras, sino sobre la base del llamado de Dios, que él emite según su propia voluntad.62 Sin embargo, la objeción de 9,14 surge más inmediatamente de la expresión cruda y concisa de este principio que se registra en 9,13, la cita de Pablo de Mal. 1.2-3: «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí».[8]

Porque el trato que Dios da al faraón en el contexto del Éxodo se refiere precisamente a estas cuestiones (entre otras). Por lo tanto, la mayoría de los eruditos tienen razón al considerar que Pablo aplica el principio del endurecimiento que ha inferido de la narración del Éxodo al Israel étnico incrédulo de su época (…)

Cuando se contrapone al Dios Todopoderoso, la idea de obstinación adquiere un matiz de audacia. Pablo concibe aquí a Dios como el que hizo al Israel étnico de su época inflexible ante las exigencias del mensaje del evangelio. Así como Dios hizo que el faraón se resistiera obstinadamente a su llamado para liberar a Israel, en parte como juicio por su pecado, también hizo que el Israel étnico en la época del Nuevo Pacto se resistiera obstinadamente al llamado del evangelio apostólico como juicio por su pecado. Pero ¿qué implica que Dios haya hecho obstinado al Israel étnico? Como hemos visto repetidamente en Romanos 9, el trasfondo del AT al que Pablo apunta es sugerente para comprender su argumento. Esto es especialmente cierto en el caso de la concepción de Pablo del endurecimiento en 9,18, ya que es seguro que la ha derivado del amplio contexto original de su cita.[9]

Concretamente, en Éxodo, el juicio y el endurecimiento del faraón facilitan la elección del pueblo de Dios y el cumplimiento de las promesas del pacto de Dios. Así como Pablo ha utilizado otras figuras de la historia de la salvación como tipos del Israel étnico incrédulo y rechazado en su argumento en Romanos 9, en 9,17-18 presenta al faraón como un tipo del Israel étnico endurecido, incrédulo y rechazado. Su cita sugiere que, al igual que Dios endureció al faraón para llevar a cabo la elección renovada de su pueblo y avanzar en su plan de cumplir la promesa culminante de la alianza de bendecir a todas las naciones en Abraham, así ha endurecido al Israel étnico que no ha creído en el momento del cumplimiento de la alianza para lograr los mismos propósitos.[10]

En resumen, en 9,14-18 Pablo responde a una objeción que pone en duda la rectitud de Dios recordando la misericordia electiva de Dios hacia Israel durante el período del éxodo. A estas objeciones, Pablo responde que no hubo injusticia por parte de Dios al elegir a Isaac, Jacob y el pueblo de Israel, ya que el amor electivo de Dios no es arbitrario, como presupone el objetor, sino parte del plan redentor de Dios, que Pablo explicará en breve. Sin embargo, antes de hacerlo, debe abordar otra objeción.



[1] Matera, Romans, 219.

[2] Moo, Romans. Comentario al pasaje.

[3] Matera, Romans, 222.

[4] D. Moo 1996, 578.

[5] Brian J. Abasciano, Paul’s Use of the Old Testament in Romans 9,10-18. An Intertextual and Theological Exegesis. London: T&T Clark, 2011.

[6] Gaventa 2024, 277.

[7] Matera, Romans, 224-225

[8] Abasciano 2011, 167. Jewett, Romans, 581.

[9] Ibid. 204.

[10] Ibid..

2.2. Construyendo vínculos

El significado de Romanos, hemos de prestar una cuidadosa atención al modo en que Pablo utiliza el AT. El problema de la línea de argumentación que hemos esbozado en este último párrafo es simplemente esta: Pablo no siempre aplica sus citas del AT según su propósito original. La cuestión del “uso del AT en el Nuevo” es complicada y controvertida. Pero la mayoría de los eruditos concuerdan en que, en los pasajes del Antiguo Testamento que citan Pablo y también otros autores del NT, encuentran un significado que trasciende a su sentido original.[1]

El endurecimiento del corazón de Faraón. Puede defenderse que la expresión, «[Dios] endurece a quien quiere endurecer» (v. 18b) es una de las afirmaciones más polémicas de la Escritura. Antes de que podamos analizar su sentido teológico, hemos de considerar el trasfondo veterotestamentario que informa la afirmación de Pablo. El verbo «endurecer» entra de repente en escena en el v.culo 18. Sin embargo, el lector que conoce la Escritura reconocerá que la cita del Antiguo Testamento sobre el propósito de Dios con Faraón en el v. 17 es el que suscita su utilización de la palabra. El «endurecimiento» es, a fin de cuentas, un tema esencial en la narración de Faraón y del Éxodo.

El endurecimiento del corazón del faraón ha dado lugar a uno de los «pasajes problemáticos» más notorios de toda la Escritura, cuya dificultad se ha visto agravada por el uso que Pablo hace del motivo en su discusión sobre la elección en Romanos 9. Nuestra exégesis debería proporcionar apoyo a una combinación de perspectivas complementarias que intentan resolver la dificultad que plantea este tema, incluyendo el núcleo de la resolución más comúnmente sugerida, que el endurecimiento del corazón del faraón fue un castigo justo por su pecado.[2]



[1] Moo, Romans.

[2] Brian J. Abasciano, Paul’s Use of the Old Testament in Romans 9,10-18. An Intertextual and Theological Exegesis. London: T&T Clark, 2011, 138-139.

2.3. Significado para nuestro presente

Pablo desea ayudarnos a entender el Evangelio, y quiere que nuestros pensamientos sean correctos. El apóstol desea modelar la mente del cristiano. Naturalmente, la configuración de nuestra mente tiene importantes ramificaciones prácticas. La teología que enseña Pablo es siempre práctica: verdades sobre Dios que deben cambiar nuestra perspectiva y, en última instancia, también nuestra conducta.

Rom9,6–13 son un claro ejemplo de ello. El propósito de Pablo no es proponernos a Abraham, Isaac o Jacob como personas cuya conducta hemos de imitar. Cualquier aplicación de este pasaje que siga estas líneas traiciona su integridad. Lo que Pablo está haciendo es intentar convencernos de una verdad teológica recordándonos el modo de proceder de Dios en el pasado. La relevancia del pasaje dependerá de que determinemos cuál es exactamente esta verdad.[1]

La idea de la elección incondicional de Dios para salvación provoca controversia, imaginémonos los niveles de reacción contra la idea de que Dios puede también decidir mandar personas al infierno en virtud de su soberana decisión. No obstante, no podemos dejar de considerar si, de hecho, Pablo enseña este «aspecto sombrío» de la elección, porque tres textos clave de Romanos 9,6–23 parecen sugerir esta idea.



[1] Moo, Romans.