Identidad mesiánica e inicio del ministerio
I. Identidad mesiánica e inicio del ministerio
(Mt 1,1 – 4,17)
La primera gran sección del Evangelio según san Mateo cumple una función decisiva dentro de la arquitectura narrativa de la obra: establecer la identidad mesiánica de Jesús y preparar teológicamente el inicio de su ministerio público. No se trata de un simple prólogo biográfico, sino de una construcción cuidadosamente elaborada que inserta a Jesús en la historia de Israel, lo presenta como cumplimiento de las promesas y anticipa los rasgos fundamentales de su misión. Mateo articula estos capítulos iniciales como una síntesis de cristología, historia de la salvación y teología del Reino, orientando desde el inicio la lectura de todo el evangelio.
1. Genealogía mesiánica (Mt 1,1–17)
El evangelio se abre con una afirmación programática: «Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mt 1,1). Esta fórmula no solo introduce una genealogía, sino que establece desde la primera línea la identidad mesiánica de Jesús. Al vincularlo explícitamente con Abraham y David, Mateo lo sitúa en el corazón de las promesas fundamentales de Israel: la bendición universal (Gn 12,1–3) y la realeza davídica (2 Sam 7,12–16).
La genealogía mateana no pretende ser un registro biológico exhaustivo, sino una lectura teológica de la historia. Su estructura en tres bloques de catorce generaciones (Abraham–David, David–exilio, exilio–Cristo) revela una intención simbólica y catequética. El número catorce, asociado al valor numérico del nombre David en hebreo (DWD), subraya el carácter davídico del Mesías. La historia de Israel es presentada como una historia orientada, con momentos de esplendor, ruptura y espera, que encuentra su plenitud en Jesucristo.
Un rasgo particularmente significativo es la inclusión de cuatro mujeres —Tamar, Rahab, Rut y la “mujer de Urías”— cuyas historias están marcadas por situaciones irregulares, extranjeras o socialmente ambiguas. Esta elección anticipa un tema clave del evangelio: la acción de Dios que irrumpe más allá de las fronteras de la pureza legal y de la identidad étnica. Desde el inicio, Mateo sugiere que el Mesías viene a asumir una historia marcada por el pecado y la fragilidad humana, transformándola desde dentro.
Así, la genealogía no solo legitima a Jesús como heredero de las promesas, sino que introduce una teología de la historia en la que Dios conduce, incluso a través de rupturas y fracasos, su proyecto de salvación.
2. Concepción y nacimiento de Jesús (Mt 1,18–25)
El relato de la concepción y nacimiento de Jesús profundiza la identidad anunciada en la genealogía, introduciendo una dimensión decisiva: el origen divino del Mesías. Mateo presenta el nacimiento de Jesús no desde la perspectiva de María, como hará Lucas, sino desde la experiencia de José, subrayando así la inserción legal de Jesús en la descendencia davídica.
La afirmación central del pasaje es clara: Jesús ha sido concebido «por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18.20). Este dato no responde a una curiosidad biológica, sino a una afirmación cristológica: el origen de Jesús está en la iniciativa soberana de Dios. Al mismo tiempo, José es presentado como un «justo», cuya justicia no consiste en la aplicación rígida de la ley, sino en una obediencia confiada a la voluntad divina revelada en sueños.
La cita de Isaías 7,14 —«la virgen concebirá y dará a luz un hijo»— introduce el motivo del cumplimiento de las Escrituras, una constante en Mateo. Jesús es interpretado como el Emmanuel, «Dios con nosotros», expresión que resume la cristología mateana: en Jesús, Dios se hace presente de manera definitiva en la historia humana.
El nombre impuesto al niño, Jesús (Yeshúa‘, «el Señor salva»), explicita su misión: «él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). La salvación no se define en términos políticos o militares, sino como liberación del pecado, anticipando la relectura que Mateo hará del mesianismo esperado.
3. Magos, Herodes, huida y retorno (Mt 2,1–23)
El capítulo 2 amplía el horizonte de la identidad mesiánica mediante una serie de escenas que contraponen acogida y rechazo, luz y oscuridad, búsqueda sincera y poder violento. La visita de los magos introduce desde el inicio la dimensión universal de la salvación. Estos sabios extranjeros, guiados por una estrella, reconocen en el niño nacido en Belén al «rey de los judíos», mientras que las autoridades de Jerusalén permanecen indiferentes o hostiles.
Herodes encarna el poder que se siente amenazado por la irrupción de Dios en la historia. Su reacción violenta culmina en la matanza de los inocentes, episodio que sitúa el nacimiento de Jesús bajo el signo del conflicto y del sufrimiento. Mateo establece aquí un paralelismo tipológico con Moisés: así como el libertador de Israel escapó a la persecución del faraón, Jesús es preservado de la violencia del poder.
La huida a Egipto y el posterior retorno permiten a Mateo releer la historia de Jesús a la luz del Éxodo: «De Egipto llamé a mi hijo» (Os 11,1). Jesús es presentado como el Hijo que recapitula en sí mismo la experiencia de Israel. No solo pertenece al pueblo elegido, sino que revive su historia para conducirla a su plenitud.
El establecimiento de la familia en Nazaret, «para que se cumpliera lo dicho por los profetas», subraya nuevamente la lógica del cumplimiento y prepara el escenario del ministerio futuro. El Mesías no surge de los centros de poder religioso o político, sino de la periferia, anticipando la inversión de valores característica del Reino.
4. Juan Bautista, bautismo, tentaciones, inicio del ministerio (Mt 3,1 – 4,17)
Con la aparición de Juan Bautista, Mateo introduce el umbral inmediato del ministerio público. Juan es presentado como el profeta escatológico que prepara el camino del Señor, retomando el lenguaje de Isaías 40,3. Su predicación de conversión y su denuncia de una religiosidad meramente formal sitúan el inicio del evangelio en un contexto de juicio y renovación.
El bautismo de Jesús constituye un momento clave de revelación. Aunque Jesús no necesita conversión, acepta solidarizarse con el pueblo pecador, inaugurando un estilo mesiánico marcado por la cercanía y la humildad. La escena culmina con la manifestación trinitaria: el Espíritu desciende sobre él y la voz del Padre lo declara «Hijo amado». Esta proclamación retoma motivos del Salmo 2 y de Isaías 42, vinculando la realeza mesiánica con la figura del Siervo sufriente.
Las tentaciones en el desierto profundizan esta identidad. Jesús, como Israel en el desierto, es probado, pero responde con fidelidad a la Palabra de Dios. Cada tentación representa una forma distorsionada de mesianismo: el uso del poder para el propio beneficio, la manipulación de Dios y la dominación política. Al rechazarlas, Jesús define el contenido de su misión: un Reino que no se impone por la fuerza, sino por la obediencia al Padre.
La sección culmina con la fórmula de transición: «Desde entonces comenzó Jesús a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”» (Mt 4,17). Con esta declaración se cierra la etapa preparatoria y se abre el ministerio público propiamente dicho. Todo lo anterior ha servido para responder a una pregunta fundamental: ¿quién es Jesús y desde dónde ejerce su misión?
Conclusión
En Mt 1,1 – 4,17, Mateo ofrece una síntesis densa y programática de su cristología. Jesús es el Mesías davídico y abrahámico, el Hijo de Dios concebido por el Espíritu, el nuevo Moisés que recapitula la historia de Israel y el Hijo obediente que inaugura el Reino desde la fidelidad y la humildad. Esta sección no solo informa sobre los orígenes de Jesús, sino que establece los criterios teológicos para comprender todo su ministerio y el camino del discipulado que el evangelio propondrá a sus lectores.