III. Anuncios de la pasión, discursos y Pascua de Cristo

(Mt 16,21 – 28,20)

La tercera gran sección del Evangelio según san Mateo constituye el tramo culminante del relato y ofrece la clave definitiva para comprender la identidad y la misión de Jesús. Tras la confesión de Pedro (Mt 16,16), el evangelio entra en una nueva fase marcada por una revelación progresiva del camino pascual del Mesías. Mateo organiza este bloque en torno a tres grandes ejes: el anuncio explícito de la pasión, la formación del discipulado en clave pascual y la confrontación final con las autoridades, que desemboca en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Esta sección no solo narra acontecimientos decisivos, sino que redefine el mesianismo y el seguimiento desde la lógica de la cruz y de la esperanza escatológica.

1. Anuncios de la pasión y corrección del mesianismo triunfal

(Mt 16,21 – 17,27)

El inicio de esta sección está marcado por una fórmula de transición decisiva: «Desde entonces comenzó Jesús a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y padecer mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y ser condenado a muerte, y resucitar al tercer día» (Mt 16,21). Esta afirmación introduce por primera vez de manera explícita el destino pascual de Jesús y señala un giro radical en el contenido de su enseñanza (cf. Mt 20,17–19). El Mesías anunciado no será un liberador político triunfante, sino el Siervo que pasa por el sufrimiento y la muerte (cf. Is 52,13–53,12).

La reacción de Pedro —quien intenta disuadir a Jesús— revela la persistencia de un mesianismo triunfalista incluso después de la confesión de fe (Mt 16,22; cf. Mt 16,16). La severa corrección de Jesús («¡Apártate de mí, Satanás!») muestra que el rechazo de la cruz no es un simple error humano, sino una tentación que distorsiona el plan de Dios (Mt 16,23; cf. Mt 4,8–10). Mateo deja claro que reconocer a Jesús como Mesías implica aceptar el modo concreto en que Dios realiza la salvación (Mt 16,24–25).

La Transfiguración (Mt 17,1–8) ofrece una clave interpretativa fundamental. En ella, la gloria de Jesús se manifiesta anticipadamente, pero en estrecha relación con la pasión anunciada (cf. Mt 17,9). La presencia de Moisés y Elías vincula a Jesús con la Ley y los Profetas (cf. Ex 24,15–18; 1 Re 19,8–13), confirmando que el camino de la cruz está en continuidad con la historia de la salvación (cf. Lc 24,27). La voz del Padre reafirma la identidad filial de Jesús e invita a escucharlo (Mt 17,5; cf. Sal 2,7; Is 42,1), incluso cuando su palabra conduce por el camino del sufrimiento.

Los episodios finales de esta subsección, como la curación del muchacho epiléptico (Mt 17,14–21) y la enseñanza sobre el tributo del templo (Mt 17,24–27), subrayan que Jesús, aun siendo el Hijo, asume libremente una condición de humildad y servicio (cf. Mt 20,26–28; Flp 2,6–8). Mateo muestra así que la corrección del mesianismo triunfal no es solo doctrinal, sino existencial: la gloria pasa por la obediencia y la entrega.

2. Seguimiento y discipulado pascual

(Mt 18,1 – 20,28)

Tras revelar el destino pascual del Mesías, Jesús se dirige ahora a la formación del discipulado, mostrando que el camino del Maestro es también el camino de sus seguidores. El capítulo 18, conocido como el discurso eclesial, presenta una enseñanza centrada en la vida comunitaria, marcada por la humildad, la responsabilidad mutua y el perdón.

La pregunta sobre quién es el más grande en el Reino recibe una respuesta paradójica: la grandeza se identifica con la pequeñez y la confianza del niño. Mateo propone una antropología del Reino que subvierte las jerarquías de poder y sitúa la vulnerabilidad como espacio privilegiado de la acción de Dios. La atención a los pequeños y la advertencia contra el escándalo subrayan la gravedad de toda acción que hiere la comunión.

El tema del perdón alcanza su máxima expresión en la parábola del siervo despiadado (Mt 18,23–35). El perdón ilimitado no es presentado como una exigencia moral abstracta, sino como consecuencia de haber experimentado previamente la misericordia de Dios. El discipulado pascual implica reproducir en la vida comunitaria la lógica de la gracia recibida.

En los capítulos 19 y 20, Mateo aborda otras dimensiones del seguimiento: el uso de los bienes, el desprendimiento, la recompensa y el servicio. La enseñanza sobre el joven rico revela la tensión entre el apego a las seguridades y la radicalidad del seguimiento. La parábola de los trabajadores de la viña desafía una lógica meritocrática y afirma la gratuidad del Reino.

La sección culmina con el tercer anuncio de la pasión (Mt 20,17–19) y la corrección de la ambición de los hijos de Zebedeo. Jesús redefine la autoridad en términos de servicio: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). Esta afirmación resume la cristología del servicio que Mateo propone como modelo del discipulado pascual.

3. Controversias y discurso escatológico

(Mt 21,1 – 25,46)

La entrada de Jesús en Jerusalén marca el inicio de la confrontación final (Mt 21,1–11). Mateo presenta este episodio como un gesto mesiánico deliberado, cargado de simbolismo, que desencadena la oposición abierta de las autoridades religiosas (Mt 21,15–16). La purificación del templo (Mt 21,12–13) y los debates con fariseos y saduceos (Mt 21,23–27; 22,15–40; 22,23–33) revelan un conflicto profundo en torno a la autoridad, la correcta interpretación de la Ley y la fidelidad al proyecto de Dios (cf. Is 56,7; Jr 7,11).

Las parábolas pronunciadas en este contexto —los dos hijos (Mt 21,28–32), los viñadores homicidas (Mt 21,33–46) y el banquete de bodas (Mt 22,1–14)— funcionan como juicios simbólicos sobre el rechazo del mensaje del Reino. Mateo no propone una condena del pueblo en cuanto tal, sino una denuncia profética de una religiosidad que, al cerrarse a la acción de Dios, pierde su fecundidad histórica (cf. Mt 21,43).

El capítulo 23, con sus invectivas contra los escribas y fariseos (Mt 23,1–36), debe leerse como una crítica interna y profética. Jesús denuncia la incoherencia entre palabra y vida (Mt 23,3–7) y advierte sobre el peligro de una autoridad ejercida como dominio y búsqueda de prestigio (Mt 23,8–12). Al mismo tiempo, expresa su lamento sobre Jerusalén, revelando el corazón compasivo de Dios incluso frente al rechazo (Mt 23,37–39).

El discurso escatológico (Mt 24,1 – 25,46) amplía la perspectiva hacia el horizonte final de la historia. Mateo aborda la destrucción del templo (Mt 24,1–2), la venida del Hijo del hombre (Mt 24,29–31) y la vigilancia ante el juicio (Mt 24,42–44). Las parábolas de las vírgenes prudentes (Mt 25,1–13), de los talentos (Mt 25,14–30) y el juicio de las naciones (Mt 25,31–46) subrayan la responsabilidad ética del tiempo presente. La espera cristiana no es pasiva, sino activa y comprometida con la justicia y la misericordia, especialmente con los más pequeños (Mt 25,40).

4. Pasión, muerte, resurrección y envío

(Mt 26,1 – 28,20)

La narración de la pasión constituye el punto culminante del evangelio (Mt 26,1–27,66). Mateo presenta la muerte de Jesús no como un fracaso, sino como el cumplimiento del designio salvador de Dios anunciado en las Escrituras (Mt 26,54.56; 27,9–10). La Última Cena introduce el sentido sacramental de la entrega de Jesús, interpretada como nueva alianza sellada con su sangre: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,26–28; cf. Ex 24,8).

Durante la pasión, Jesús aparece como el justo inocente que permanece fiel al Padre en medio del abandono y la violencia (Mt 26,39.42; 27,24). Mateo subraya el cumplimiento de las Escrituras y la libertad interior de Jesús, incluso en su silencio ante los acusadores (Mt 26,62–63; 27,12–14; cf. Is 53,7). La muerte en la cruz se presenta como un acontecimiento cósmico, acompañado de signos que indican una transformación radical de la relación entre Dios y la humanidad: el velo del templo rasgado, el terremoto y la apertura de los sepulcros (Mt 27,51–54).

La resurrección inaugura una nueva etapa decisiva (Mt 28,1–10). Mateo insiste en la iniciativa divina y en la continuidad entre el crucificado y el resucitado (Mt 28,5–6). Las apariciones no eliminan la duda, pero la transforman en misión (Mt 28,16–17). El evangelio culmina con el mandato misionero universal: «Vayan y hagan discípulos a todas las naciones» (Mt 28,18–20). La promesa de la presencia permanente de Jesús —«yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo»— cierra el relato retomando el tema inicial del Emmanuel (Mt 1,23; 28,20).

Conclusión

Mt 16,21 – 28,20 revela el corazón pascual del Evangelio de Mateo. Jesús es el Mesías que realiza la salvación a través de la cruz, forma a sus discípulos en una lógica de servicio y esperanza, y abre la historia a su cumplimiento escatológico. Esta sección muestra que la fe cristiana no consiste solo en reconocer a Jesús, sino en seguirlo por el camino pascual, confiando en la promesa de vida nueva y en la presencia permanente del Resucitado en la misión de la Iglesia.

שינוי אחרון: Wednesday, 14 January 2026, 12:24 PM