Aptekmann, Marcelo
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Un comienzo sin Pesebre
El Domingo 5 de Enero, en las Iglesias se leerá -del Evangelio según San Juan- que: En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. El que es la Palabra existía en el principio con Dios. Dios creó todas las cosas por medio de él, y nada fue creado sin él. La Palabra le dio vida a todo lo creado, y su vida trajo luz a todos. La luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad jamás podrá apagarla. (Juan 1:1-5).
El inicio de este Evangelio carece de una descripción de cómo fue concebido Jesús, y de cómo nació. Se focaliza mas en la esperanza por la fe en el Verbo encarnado, que en un bebé judío. Está redactado de manera que ya desde el primer versículo se puede sentir un eco de Génesis 1 (En el principio creó…). La llegada de Jesús a este mundo es descrita por el Evangelio según San Juan en términos cosmológicos, pero dejando de lado Su origen en cuanto ser humano.
El texto presenta a Jesús como idéntico con la Palabra preexistente a la creación. La idea de que un ser divino puede ser simultáneamente humano es hoy en día vista como ajena al judaísmo, pero en Su época muchos judíos creían que los seres sobrenaturales podían tomar forma humana (como el ángel en Jueces 13; Rafael en el libro de Tobías, o Su Gloria en Éxodo 16:10). Hace dos mil años, los límites entre lo humano y lo divino se percibían más porosos, menos tajantes.
Interpretar un texto sin su contexto es usarlo de pretexto.
¿Por qué no narra cómo nació el bebé Jesús? La respuesta a esta pregunta tal vez tenga que ver con el momento histórico en el que fue escrito. El Evangelio según Juan seguramente fue escrito después de la destrucción del IIª Templo (a la que hace alusión en Jn 2:19), probablemente en la época en que el imperio romano extendió el humillante “impuesto a los judíos” hacia los gentiles que vivían como judíos o entre judíos (sobre el fiscus judaicus, ver blog del Domingo 22 de Octubre, entre otros).
El Evangelio parece escrito para los gentiles que ya no conocen algunas costumbres judías, como cuando enseña el lavado litúrgico de las manos, antes de las comidas (Juan 2:6). Las duras expresiones de Juan sobre los judíos pueden ser entendidas en el contexto del proceso de distanciamiento entre los seguidores (mayormente gentiles) de Jesús y los judíos, a consecuencia de la aplicación de aquel impuesto a quienes vivían como judíos o entre ellos.
Aunque San Juan dice que los cristianos fueron expulsados de las sinagogas y que los muchos judíos que creían en Él no lo confesaban para no sufrir ese castigo, (Jn 9:22, 12:42 y 16:2), la evidencia arqueológica de que los cristianos hasta el año 80 eran enterrados en cementerios judíos justifica que nos preguntemos si tal vez el texto original no fue re-editado, para atribuirle a los judíos de los años 35 a 70 la culpa de la grieta que –en realidad- promovieron las leyes romanas a partir del año 80.
La diversidad teológica dentro del judaísmo del siglo Iª hace improbable que hubiese judíos excluidos de las sinagogas solamente por creer en Jesús como el Mesías. En esa época coexistían en las sinagogas judíos de creencias irreconciliablemente distintas (como los fariseos y saduceos que diferían en asuntos tan fundamentales como la autoridad de la tradición oral y la creencia en la resurrección corporal).
De hecho, según el Talmud (Yerushalmi, Ta´an 68d) el célebre rabino Akiva proclamó que Simeón Bar Kojba, el líder de la última gran rebelión contra Roma (año 132-135 E.C.) era el Mesías, sin que hasta el día de hoy esas declaraciones de aquel rabino afectaran su inclusión y destacado estatus en el judaísmo rabínico.
Es notable que Juan ni una sola vez se refiera a los apóstoles y a los primeros discípulos de Jesús como los judíos (respecto a Jesús mismo solamente lo hace en Su encuentro con la mujer samaritana), pese a que lo fueron. Pero también es notorio que con frecuencia se refiera de manera elogiosa a los Israelitas (1:47, 1:4912:13).
La misma Palabra, en otro momento, dice otra cosa
Es clara la distinción que hizo Jesús entre las ovejas perdidas de la casa de Israel, y las del otro rebaño, las ovejas que no conocen Su voz (Mateo 15:24). Las ovejas perdidas son los descendientes de las diez tribus perdidas del reino del Norte, que hacía generaciones que se habían apartado de la Torá. El rebaño que no reconocía Su voz es el pueblo judío. Pero (tal vez en reacción a las presiones políticas del momento), en casi todo el Evangelio de Juan -que también menciona la parábola de los tres tipos de ovejas (Juan 10:16)- los judíos que no siguen a Jesús son tratados erróneamente como si fuesen las ovejas perdidas y además como enemigos de Su magisterio.
Cuando luego, ese mismo Domingo, leemos: …y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:11-13), Esos suyos que no le recibieron ¿se refiere a todos los judíos, o solamente los que no siguieron a Jesús? ¿Acaso los apóstoles –y supuestamente también el mismo Juan el Evangelista- no eran de los suyos, los judíos que le recibieron?
El problema es que lo que Juan hizo fue separar conceptualmente (por motivos que ya veremos) a los seguidores judíos de Jesús (los que creen en Su nombre) del resto de los judíos (los engendrados de sangre). Tal vez lo hizo para poder rescatarlos y ponerlos a salvo entremezclados con el rebaño de los otros discípulos de Jesús (todos los que le recibieron), que por su fe en Jesús son hechos hijos de Dios y parte del Israel de la nueva Alianza. (Juan 10:16b).
Pese a que entre los años 70 y 135 el destino del pueblo judío a muchos les parecía terminalmente sellado y la inminencia del fin de los tiempos era una realidad tangible, que hacía que tuviera sentido intentar salvar a los judíos que sobrevivieran a su catástrofe nacional redimiéndolos de su judeidad, los tiempos han cambiado. El pueblo de Israel vive. Los judíos somos, en cuanto judíos, una parte del pueblo de Israel. Lo que ayer se hizo –tal vez por buenas intenciones- hoy ya no es lo mismo.
No olvidemos que de todos modos, las buenas intenciones nunca son garantía de que resulte algo bueno. Ojalá sepamos fijarnos juntos la esperanza de un nuevo comienzo.
Quiera Hashem, bendecirnos a todos, con Paz y caminos de Libertad.
¡Buenos Pasos!