Aptekmann, Marcelo
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¿Por qué dar testimonio, aunque el poder ordene callar?

Shalom. Este Domingo 4 de Mayo, III* Domingo de Pascua, en las Iglesias leerán: y el sumo sacerdote les preguntó: ¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis en ese nombre? Y ahora habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina, y queréis echar sobre nosotros la sangre de ese hombre. Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres levantó a Jesús (Hechos 5:21b -30a).
La respuesta que da Hechos es clara, pero ¿qué les dio a ellos la fuerza para animarse a desobedecer al Sumo Sacerdote y hacer lo contrario de lo que él les mandó estrictamente? Quizás fue que la manera milagrosa en que acababan de salir de la prisión sugería una intervención divina (la misma clase de intervención divina que en Hechos 12: 6-11). El Sumo Sacerdote que les había ordenado terminantemente no enseñar en el nombre de Jesús era un líder del partido Saduceo (Hechos 5:17b) que los había hecho encerrar en una de las prisiones romanas, que solían ser usadas mas para confinamiento o coerción que para castigo.
Porque ellos Creían, ¡y además Sabían!
Para Pedro y Juan, su milagrosa salida de la prisión demostraba que HaShem, el creador de todos nosotros, intervino e hizo por ellos lo mismo que había hecho antes por el rey David, (a quien también sanó y salvó de sus enemigos). Por eso el Leccionario nos trae el Salmo 29 (escrito por el rey David, o Salmo 30, según otra manera de numerarlos): Te glorificaré, oh HaShem, porque me has exaltado, Y no permitiste que mis enemigos se alegraran de mí. HaShem Señor mío, a Ti clamé, y me sanaste (Salmo 29: 1-2).
Exultantes de alegría estaban Pedro y Juan por haber sido liberados por El Padre de esa prisión romana a la que los Saduceos (como el Sumo Sacerdote) -que estaban en el poder- enviaban a sus enemigos políticos (que eran los integrantes del movimiento Fariseo, que incluía a los discípulos de Jesús). Por eso es apropiado citar el Salmo cuando dice: Cantad a HaShem, vosotros sus santos, Y celebrad la memoria de su santidad. Porque un momento será su ira, Pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, Y a la mañana vendrá la alegría. (Salmo 29:4-5)
Durante una noche -que les habrá parecido interminable- estuvieron en la prisión romana, temiendo por sus vidas, y luego: Has cambiado mi lamento en baile; Desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría. Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado (Salmo 29: 12a). Por eso cantaron, ¡y no se quedaron callados! Porque estaban dando testimonio del amor de Dios. ¡Estaban felices de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa de Su nombre! (Hechos 5:41)
Según me comentó el profesor Pedro Barreiro, mientras compartíamos reflexiones sobre el Leccionario de este Domingo, la segunda lectura, extraída del libro del Apocalipsis según San Juan, enseña a los discípulos de Jesús la doctrina de que su Maestro El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. (Apocalipsis 5: 12b-14).
Que pastoree a Sus ovejas
Culminan las lecturas del Domingo en el Evangelio de Juan 21: 15-19, que explica por qué tras salir de la prisión comenzaron a enseñar en el nombre de Jesús. Es porque después de Su resurrección, Él se les apareció mientras estaban pescando y tres veces le preguntó a Pedro: ¿Me amas? (Juan 21: 15b, 16a, 17b). Estas tres veces que se lo pregunta a Pedro son el secreto antídoto por las tres veces en las que Pedro negó conocerle (18:17, 25-27).
Sus preguntas -con amor- le ayudan a Pedro a desatar el nudo con el que por su propia mano casi estrangula su destino de santidad, y lo habilita para cuidar –con el mismo amor- al rebaño de Sus discípulos.
Pero: ¿Cuáles son Sus ovejas?
Él enseña que en principio son solamente las ovejas perdidas de la casa de Israel (en Mateo 15:24 éstas representan a los descendientes del desaparecido reino del Norte, enajenados de su identidad judía) a las que además se le agregan las gentes de otros pueblos, que constituyen el otro rebaño, del que dice que en el futuro: oirán Mi voz (Juan 10:16-18).
En ambas ocasiones (Mateo 15 y Juan 10) Jesús hace alusión a la profecía de Jeremías 50:6. Durante muchos siglos los discípulos de Jesús pasaron por encima de esta clave interpretativa fundamental para entender Su magisterio. El motivo para este “olvido” es que los romanos no veían al pueblo de Israel como el conjunto de las tribus de un pasado distante, sino que veían que muchos de los súbditos del imperio (incluyendo algunos ciudadanos romanos oriundos de Judea) se sentían fariseos antes que súbditos de roma. Es cierto que Sus primeros discípulos eran fariseos (y que luego eso sería equivalente a decir judíos), pero Sus primeros discípulos NO eran de la tribu de Judá, (los apóstoles eran descendientes de las tribus de los habitantes de los montes de Galilea y otros –como San Pablo- eran de la tribu de Benjamín).
En tiempos de Jesús. los maestros Fariseos - para restarles poder simbólico a los líderes Saduceos- se presentaban al pueblo como los legítimos intérpretes de la Ley de Moisés, habilitados para dictar sentencias a muerte; pero al mismo tiempo eran reacios a hacerlo, porque era algo impopular y perimido. Basaban su autoridad en los muy populares libros de los profetas (en cambio para los Saduceos los libros de los profetas -que los cristianos incorporaron a sus sagradas escrituras- no eran sagrados).
Para oponerse al yugo imperial romano, los Fariseos enseñaban que HaShem, (Di-s), es nuestro Redentor (Job 19:25). El fariseo San Pablo explicará -para las ovejas perdidas de la casa de Israel- que por gracia les ha concedido Di-s un nuevo camino de regreso a Él, que no es el mismo camino que está reservado para los judíos –descendientes de la tribu de Judá-. Les dice claramente a los que oirán Su voz que para ellos, igual que para el rebaño de las ovejas perdidas de la casa de Israel (Galileos, Benjaminitas): Jesús es nuestra pascua. (1ra. Corintios 5:7.)
Para dar cierre a la reunión de ese Domingo, en las iglesias las congregaciones entonarán el Aleluya. ¡ALELUYA! es una aclamación que desde sus inicios une a los cristianos con la comunidad judía. Aparece tanto en el libro de los Salmos (escritos en hebreo, mil años antes del nacimiento de Jesús) como también en el Nuevo Testamento, en el libro del Apocalipsis (Apocalipsis 19:1-6).
Alabanzas de gratitud, y buenos pasos
El Hallel es un conjunto de seis salmos (del 113 al 118) que se cantan en la celebración de la “Pascua” Judía, el Pésaj. El mismo Jesús posiblemente cantó estos salmos en la última cena, según lo narran los evangelios de Mateo y Marcos: "Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos" (Mateo 26:30 y Marcos 14:26). Se denomina Hallel porque son una constante alabanza a Dios por todo lo que ha hecho desde la creación.
La siguiente letra que continua a la palabra Hallel es la “U”, que es un sufijo que denota una acción imperativa plural, y así se va formando: HALLELÚ: alabad; y, finalmente, YAH, que es la abreviatura de Su nombre, al que los judíos tenemos prohibido pronunciar en vano. En resumen, ALELUYA es una palabra en idioma hebreo, que significa: “alabad a Di-s”, “alabad a Él”.
¿Qué mas podemos hacer, además de alabarle y dar testimonio de lo que sabemos? Demos buenos pasos, que eso nos dará buen camino. Y quiera Él concedernos vivir en un sitio de paz, justicia y verdad. Shalom Shalom.
Bendiciones