Aptekmann, Marcelo
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Amarás a tu semejante

¡Shalom!
El Domingo 18 de mayo, en las liturgias cristianas según el Leccionario se leerá -del Evangelio-: Entonces, cuando hubo salido, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará. Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. (Juan 13: 31-33a). Y a continuación se lée: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como Yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. (Juan 13: 34-35).
Tan fundamental es el segundo fragmento del Evangelio, que ya el Leccionario adelanta una parte de su contenido a través del Aleluya: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como Yo os he amado, que también os améis unos a otros (Juan 13:34).
¿Por qué elijo este versículo? Porque para quien lo lea desde la tradición judía, una posible primer reacción sería: ¿En qué sentido es este un mandamiento nuevo? ¿Acaso no reitera con otras palabras el mandamiento central, medular, de nuestra Torah, que dice amarás a tu semejante como a ti mismo? (Levítico 19: 18b).
¿En qué consiste la novedad de Su mandamiento?
Pero este abordaje, que principalmente resalta el fundamento judaico del Magisterio de Jesús, pasaría por alto algo fundamental. Lo que Él dice a sus discípulos es que se amen unos a otros, así como Él los ha amado, que también así se amen los unos a los otros.
¿Qué significado nuevo trae esta enseñanza de amarse los unos a los otros, así como él los ha amado? Lo que Jesús está diciendo a Sus discípulos es que se amen unos a otros sin temer ni a la tortura ni a la muerte. Les propone amar con un amor tal que incluso puedan llegar a dar sus vidas por aquellos a quienes amen, así como Él dará Su vida por la de ellos.
Lo que hace es darles a Sus discípulos una nueva Mitzvá, (en hebreo= mandamiento) que es Su enseñanza para quienes Él ama (ver Juan 14:15). Eligió Él a Sus discípulos con un criterio: no porque cumpliesen con ese nuevo mandamiento Suyo, sinó para que llevaran esta enseñanza a a otros y Su palabra permaneciese (ver Juan 15: 16-17). Esa fue la tarea que cumplieron, pese a que Pedro, Su amigo y discípulo, negó ¡tres veces! que Él era su maestro. (Juan 13:37-38).
El amor de quien dá la vida por sus amigos es tan humano que en este mundo deshumanizante parece algo sobrehumano, pero no lo es. Es similar a la forma de amar de una madre, dispuesta a dar la vida por sus hijos. ¿Enseñaba Jesús a Sus discípulos que esa forma de amar debían hacerla extensiva a todos los seres humanos? ¿Se diferencia Su enseñanza también en este punto a la de Levítico?
La palabra reah que usa el pentateuco en idioma hebreo puede traducirse de muchas maneras. Puede designar genéricamente a cualquier ser humano (Gen 11:3, Exodo 11:2), ó a una persona con la que se tiene una amistad ( Ex 33:11,1 crónicas 27:3) o a alguien con quien se comparte una intimidad de amantes (Osías 3:1, Cantares 5:16). En Deut (19: 14 y 27:17) la palabra se aplica al propietario de un campo vecino y en Proverbios (3:28-29), reah es un buen vecino.
¿Qué significa amarás a tu semejante como a ti mismo, según Levítico?
El mandamiento amarás a tu semejante como a ti mismo (Levítico 19:18) forma parte de un conjunto de leyes que intentan regularizar la imparcialidad en cuestiones judiciales y cultivar vínculos de fraterno cuidado y respeto mutuo entre los súbditos de la ley israelita (Levítico 19: 9-19ª). Eran (y son) las leyes de una Nación, y no propuestas éticas universales.
En la época de Jesús, Levítico 19:18 era entendido como el principio rector (por encima de los detalles de la Ley), necesario para interpretar las Leyes de la Tora caritativa y misericordiosamente, de modo que aquellos reah a los que la ley aplicase no sufrieran por interpretaciones demasiado estrictas o fundamentalistas.
¿Es posible que Jesús estuviera mas cerca de esta última acepción –la que sigue hoy la tradición judía- que de la idea universalista, propuesta por el cristianismo posterior? Aunque entendamos a Levítico 19: 18 como el principio rector de cómo interpretar las Leyes del Pentateuco, eso no quiere decir que el amor entre semejantes aplique únicamente entre judíos. La ley del Pentateuco es una y la misma para los israelitas y para los extranjeros residentes entre ellos (Números 15:15, Ex 12:49, Lev 24:22, Núm 9:14 y 35:15).
Si reordamos que Jesús, que no vino sino para las ovejas perdidas de la casa de Israel, entonces esta enseñanza tiene un sentido diferente: que a los descendientes de Israelitas que se habían alejado del culto judaico (y volcado al paganismo), y a las gentes de otros pueblos que vinieran con ellos, había que recibirlos de nuevo en el seno de Israel, dándoles los mismos derechos que el Pentateuco otorga a los extranjeros residentes entre Israelitas y siendo para con estos nuevos retoños de Israel, que retornaban o iban hacia el Padre, tan amorosos como una madre dispuesta a dar la vida por sus hijos.
Pero con el correr de los siglos, muchos de los discípulos de Jesús tomaron este texto que estamos comentando, de un modo muy diferente. Algunos, como San Juan Crisóstomo (en su homilía sobre Génesis 55-11) interpretaron que la novedad de este nuevo mandamiento Suyo consistía en que derogaba todo el cuerpo de las normas del Pentateuco.
Y entonces: ¿quién es mi prójimo?
Lo cierto es que la enseñanza de Juan (13:34) es tan importante al magisterio de Jesús, que la encontramos en todos los Evangelios canónicos. En el Evangelio de Lucas, un intérprete de la ley (judío) le pregunta a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Su respuesta fue una parábola acerca de un hombre maltrecho después de haber sido asaltado, al que ni un sacerdote ni un levita (judíos) le ayudaron, pero un Samaritano sí lo hizo. El Samaritano, que se comportó con misericordia es el ejemplo que hay que seguir.
En los días de Jesús los Samaritanos eran un pueblo que tenía por sagradas escrituras el mismo Pentateuco que los judíos, pero que estaban enemistados con los judíos. La parábola de Jesús enseñaba a Sus discípulos que si los Samaritanos –enemigos del pueblo judío- cumplían las leyes de Levítico con misericordia, también los judíos podían tratar con misericordia y considerar como semejantes (según la Ley) a los descendientes del desaparecido reino del Norte, y a los gentiles, que junto con ellos venían al Padre (Juan 14:6) por el amor de Jesús, que por ellos daba Su vida.
El amor de quien da la vida por sus amigos sigue encarnando hoy en día –para todo ser humano, incluyendo a judíos y a cristianos- una enseñanza luminosa acerca de lo mejor de cada uno de nosotros, un magisterio sobre lo que está a nuestro alcance, no alrededor nuestro, sino dentro de nosotros mismos, de cada uno. Después de dos mil años, sigue siendo una enseñanza necesaria.