Introducción
Introducción
Tema 1.2 El autor y el tiempo de origen
a) El autor del evangelio [1]
Al hablar del evangelio de Juan o de la comunidad joánica, se sigue una tradición eclesiástica que nace en la segunda mitad del siglo II. ¿Cuál es el valor histórico de esa tradición?
Los datos de la tradición
Ireneo de Lyon, en su obra en contra de los herejes habla de "Juan, el discípulo del Señor", aunque no siempre hace alusión de su evangelio. Juan habría vivido en Éfeso hasta los tiempos del emperador Trajano (98- 117 dC). Pero hay otro testimonio importante, anterior al de Ireneo que, si bien no altera el núcleo de la tradición, complica un poco las cosas: el testimonio de Papías de Hierápolis. De este autor no quedan sino fragmentos de sus obras citados por otros escritores eclesiásticos. Los textos más relevantes referidos a la cuestión que nos ocupa se encuentran en la "Historia Eclesiástica" de Eusebio de Cesarea, concluida aproximadamente en el año 324, cuyo valor reside principalmente en la gran cantidad de documentos conocidos y citados por el autor.
Entre ellos está la "Interpretación de los dichos del Señor", escrita por Papías entre el 130 y el 140. Según el texto citado por Eusebio, Papías siempre se interesó por conocer las palabras de los "Presbíteros", es decir, lo que habían dicho "Andrés o Pedro, o lo que habían dicho Felipe o Tomás o Santiago o Juan o Mateo o alguno de los otros discípulos del Señor, como así también lo que dicen Aristión o el presbítero juan, el discípulo del Señor".
Para Eusebio no pasa desapercibido que el texto nombra a dos personas con el nombre Juan. El primer Juan, citado en una lista de apóstoles, sería el evangelista; el otro, un presbítero. Eusebio recuerda asimismo que en Éfeso se conocen dos tumbas con el nombre de Juan. Este segundo Juan podría ser el autor del Libro del Apocalipsis.
Aunque el testimonio de Papías no sea seguro, lo cierto es que ya Ireneo cita una tradición que atribuye el cuarto evangelio a Juan, el discípulo del Señor. Los testimonios posteriores (Clemente de Alejandría, Tertuliano, Orígenes) no Van a poner en cuestión la veracidad de la tradición, sino que, por el contrario, la Van a confirmar.
La tradición nunca es desdeñable, pero para que tenga valor de prueba es necesario comprenderla a partir de su contexto de origen.
Los cuatro evangelios son textos "anónimos". En su forma original no poseían ningún dato acerca de sus respectivos autores. Recién a lo largo del siglo II son adjudicados a cuatro personas en relación a sus orígenes: Mateo es un discípulo del Señor; Marcos es el acompañante e intérprete de Pedro; Lucas el de Pablo; y Juan es otro discípulo del Señor. La continuidad de la tradición evangélica estaba asegurada.
Este proceso es perfectamente comprensible dentro del clima polémico del siglo segundo, especialmente en la lucha contra los grupos gnósticos que también escribían evangelios y los atribuían a otros personajes destacados del tiempo de Jesús (Evangelio de Tomás, de Felipe, de Pedro, etc.).
Como consecuencia de estas observaciones podemos decir que el testimonio por sí solo no es suficiente para dar una respuesta al problema del autor del cuarto evangelio. También es necesario tener en cuenta lo que se puede deducir a partir del texto mismo.
En repetidas ocasiones hemos podido constatar la distancia que existe entre la tradición joánica y la tradición sinóptica. ¿Es posible que alguien que acompañó a Jesús y fue testigo directo de sus hechos y sus palabras, con el correr de los años los haya expuesto de un modo tan poco conciliable con la tradición sinóptica? Esto nos conduce a interrogarnos si Juan, el hijo del Zebedeo, es el Verdadero autor del cuarto evangelio.
El "discípulo amado"
La figura del " discípulo amado" aparece explícitamente sólo en la segunda parte del evangelio".En Jn 13,23, durante la última cena y después del anuncio de la traición, él está recostado sobre el pecho de Jesús. Esto le permite preguntarle a Jesús el nombre del traidor sin que los otros presentes lo adviertan (13,25).
La escena tiene valor simbólico y es la clave para entender el rol del " discípulo amado" en el evangelio. En una expresión muy semejante, en la que también aparece la palabra kólpos, se dice que el Logos está en el "pecho" o en el "seno" del Padre (1,18). La imagen representa la cercanía y la intimidad. Su significado debemos descubrirlo a partir de una contraposición. Por un lado, a Dios nadie lo ha visto jamás (1,18a). Por otro, aquel que descansa apoyado en su pecho es el que lo ha revelado (1,18b). Por lo tanto, dicha imagen representa al Logos como revelador del Padre.
La aplicación a la función del "discípulo amado" es obvia. Así como el Logos es quien revela al Padre, el discípulo amado que descansa en el pecho de Jesús es quien revela al Hijo. De esta manera se hace garante del mensaje cristológico del cuarto evangelio. Su cercanía física a Jesús es la imagen de una relación profunda, completamente diferente a la que tenían los otros discípulos. El discípulo "que Jesús amaba" mantiene una relación privilegiada con el Maestro.
La segunda escena (19,25-27) desarrolla otro aspecto de esta relación. Jesús, desde la cruz, confía al "discípulo amado" su propia madre. Para la madre de Jesús el "discípulo amado" se convierte en su hijo. En esta nueva relación recíproca entre madre e hijo, el "discípulo amado" viene a ocupar el lugar de Jesús, que muere en la cruz y va al Padre. De este modo, el "discípulo amado" no es sólo el que revela al Hijo, sino también el que se convierte en el hijo de la madre de Jesús.
Muchas veces esta escena se lee desde una perspectiva mariológica o eclesiológica, la cual es justificada y tiene su fundamento en el texto. Sin embargo, la intención primaria de la escena está dirigida al "discípulo amado". La afirmación que se deduce de ella pone de relieve el rango preferencial que ocupaba en la comunidad este personaje del cual nunca se menciona el nombre.
En una primera fase redaccional del evangelio, la última escena en la que aparece el "discípulo amado" es la que narra el momento en que los dos discípulos van a la tumba de Jesús después de que María Magdalena les anuncia que han quitado la piedra que cerraba el sepulcro (2O, 1-1O).
A pesar de que el "discípulo amado" corre más rápido que Pedro y llega antes a la tumba, no entra en ella. Primero lo hace Pedro (20,45). Implícitamente el "discípulo amado" reconoce la autoridad de Pedro. Pero este aspecto no es el más importante. La atención se concentra inmediatamente en el "discípulo amado". En forma muy concisa el texto nos dice que, cuando entró al sepulcro "vió y creyó" (20,8). De Pedro, en cambio, se dijo antes: "Y entró al sepulcro y Vio las vendas en el suelo" (20,6).
En realidad, ambos discípulos vieron lo mismo: las vendas en el suelo, los signos de la ausencia del cadáver. Pero sólo del "discípulo amado" se afirma que esta visión va unida al acto de fe en el Resucitado. La ausencia del cadáver, el no poder ver con los ojos la presencia del cuerpo, no impide, sin embargo, poder ver con los ojos de la fe. Ante la ausencia del objeto, el creyente descubre una nueva "presencia". Éste es el creyente alabado en 20,29: "Felices los que creen sin haber visto", a diferencia de Tomás, que ha tenido que Ver y tocar al Resucitado para, luego, poder creer en él.
El texto es revelador para entender la relación entre Pedro y el "discípulo amado". El primero conserva su autoridad y ésta es reconocida en la comunidad, pero quien representa el ideal del creyente no es Pedro, sino el "discípulo amado". En el capítulo 21 es también el "discípulo amado" el que reconoce al Señor en el desconocido que los espera a orillas del lago (21,7).
En el mismo capítulo el Resucitado dirige a Pedro tres Veces la pregunta: "¿Me amas?", con la consiguiente respuesta: "Señor, tú sabes que te quiero" y el pedido de Jesús: "Apacienta mis ovejas" (21,15-17), que con?rma la función de Pedro como pastor de la Iglesia universal.
Pero la escena siguiente trata de clarificar la relación entre Pedro y el "discípulo amado". El evangelista presenta al segundo citando lo dicho en 13,23: Lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre Jesús y le había preguntado: 'Se-ñor, ¿quién es el que te va a entregar?'". A continuación Pedro le pregunta al Resucitado: "Señor, ¿y qué será de éste?" (21,21). La respuesta es elocuente: "Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa?" (21,22). De Pedro ya se ha anunciado la muerte martirial (21,19). Del "discípulo amado" se dice que Va a permanecer hasta el día del retorno del Señor.
La afirmación supone el claro reconocimiento de la figura del "discípulo amado" como el punto de referencia de la comunidad. Así como en Corinto había cristianos que decían pertenecer a Cefas, a Apolo o a Pablo, aquí aparece el "discípulo amado" cumpliendo ese rol preferencial. Con este reconocimiento, la comunidad con?esa que el "discípulo amado" es la figura que ha determinado su rumbo teológico. De acuerdo a lo analizado en el capítulo 21, estos cristianos no se sienten aislados de la "gran Iglesia". También ellos reconocen la autoridad de Pedro como pastor, pero el modelo de identificación sigue siendo el "discípulo amado".
Al presentarlo como autor del evangelio (21,24), se confirma la verdad de su contenido, ya que es el mismo que revela al Hijo, el que descanso en su pecho. Desde la perspectiva de la comunidad es difícil imaginar una legitimación más convincente para la obra.
Es evidente que el capítulo 21 representa una fase posterior en la elaboración del evangelio y en la historia de la comunidad, para la que es necesario aclarar lo que no se había dicho en el final original de la obra, en 20,30 y siguientes.
Se trata de la relación con la " gran Iglesia", representada por Pedro, y de la legitimación del evangelio agregando información sobre su autor.
En lo que hace a la figura misma del "discípulo amado", las afirmaciones fundamentales se encuentran en los tres textos que acabamos de comentar. Éstos lo presentan como el que revela el misterio de Jesús y modelo de vida cristiana para todos los creyentes.
Es importante notar que en ninguno de estos textos se hace alguna referencia a su participación en el proceso literario del que nace el evangelio.
Sin embargo podemos suponer con cierta certeza que él brindó la base sobre la que el cuarto evangelio iba a alcanzar su impronta inconfundible, más allá de la disparidad y complejidad de los elementos que lo componen.
Conjeturas sobre el autor
Al pretender acercarnos al autor de un texto, surge espontánea la pregunta: ¿Quién lo escribió? El evangelio no es una obra escrita del principio al fin por una sola mano. Sólo la participación de un grupo redaccional dentro de la comunidad permite explicar las relecturas, irregularidades y agregados que se observan en su forma actual.
No obstante este preámbulo, la pregunta por el autor no pierde su sentido; pero ya no busca a un autor literario en el sentido moderno, sino al responsable del lenguaje y del modo de hacer teología que caracterizan al cuarto evangelio.
En la determinación de la identidad del "discípulo amado", la historia de la investigación conoce verdaderos extremos: Desde una simple identificación con Juan, el hijo de Zebedeo, hasta su reducción a una "ficción literaria" creada para legitimar el texto.
Lo dicho acerca de la figura del "discípulo amado" como punto de referencia de la comunidad nos ayudará a orientar la re?exión. Una función semejante no puede ser ejercida sino por alguien cuya existencia no sea más real que la de una "ficción literaria". Aquí se hace necesaria la realidad de
una persona histórica. Sobre esta base, el "discípulo amado" bien puede ser considerado como una personalidad que jugó un papel preponderante en la vida de la comunidad.
Cuando el evangelio Va alcanzando su forma más definida, el "discípulo amado" es ya un "punto de referencia" para la comunidad. Si alguien puede ser llamado "evangelista" o "autor", es aquella persona anónima que compiló las tradiciones y redactó el texto en una primera fase.
La relación entre este personaje anónimo y el "discípulo amado" escapa a toda determinación histórica posible; sólo podemos manejamos con suposiciones que no pueden ser verificadas. Creemos que esta primera fase en 1a formación del evangelio no fue alterada substancialmente por las intervenciones redaccionales que se dieron más tarde.
El "evangelista" es un judío helenista con una gran sensibilidad por la expresión lingüística, abierto a la influencia dela piedad helenista, pero firmemente afianzado en la tradición cristiana. Su capacidad de reflexión teológica está testimoniada sobre todo en la cristología que desarrolla, y que, inevitablemente, se proyecta sobre la comprensión de la salvación y la escatología.
b) El tiempo de origen
Al preguntarnos por el tiempo de origen del cuarto evangelio, nos estamos refiriendo al texto cuando ya ha alcanzado una cierta definición literaria. Queda en las sombras la relación con los otros textos pertenecientes a la literatura joánica, es decir, las "Cartas de Juan" y posibles agregados que pudieron haber sido hechos más tarde.
La determinación del origen de un texto del Nuevo Testamento no puede hacerse en forma aislada, sino que siempre supone una visión global de la historia y la evolución de la literatura en el siglo I. El evangelio de Marcos es considerado como el más antiguo de los sinópticos ya que su origen se establece no antes del año 65; los evangelios de Lucas y Mateo, que conocen y utilizan el evangelio de Marcos, nacen entre el 80 y el 90.
Independientemente de cómo se resuelva la cuestión de la presencia de la tradición sinóptica en el cuarto evangelio, éste testimonia una evolución de los temas teológicos que implica a su vez un distanciamiento de tiempo frente a los orígenes de las tradiciones. La fecha que resulta de todos estos indicios es la última década del siglo I. Esta es la fecha aproximada que se deduce de los datos que brinda Ireneo sobre el autor del evangelio.
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[1] Cfr. LONA, H., “El Evangelio de Juan”, Claretiana, 2012, Buenos Aires, 74-80.