El olivo amado de Dios. Rom 9-11 en contexto
5. Hermenéutica y teología: Romanos 9-11 y su interpretación
5.1. El propósito general de la carta a los Romanos
La carta a los Romanos fue escrita no como una exposición detallada de la teología de Pablo hacia el final de su actividad misionera. Teniendo en cuenta el comienzo y el final de la carta que reflejan el objetivo del escrito, se puede observar que Pablo quiere ir a Roma y apoyarse en esa naciente comunidad cristiana para después proseguir su misión en Occidente, así como Antioquia constituye una base para la misión en el Oriente. Obviamente, la iglesia de Roma debe entender la teología de su propósito misionero. La característica que va tomando la iglesia de Roma es su composición de cristianos provenientes del judaísmo y del mundo no judío (que llamamos gentiles). Pablo ve como un peligro que el grupo de los gentiles fueran la gran mayoría.
El problema que Pablo vaticina en la comunidad de Roma, que aún no la ha visitado es, de hecho, un reflejo de la situación que encontró en Antioquía. Allí, la iglesia se vio empujada a mantener la distinción entre judíos y gentiles dentro de la iglesia cristiana: existía un “círculo interno” de cristianos judíos, y si los cristianos gentiles querían pertenecer a él, tenían que circuncidarse (véase Hechos y Gálatas). En Roma, sin embargo, Pablo presiente el peligro de que la iglesia (en su mayoría gentil) disfrute tanto de su condición de verdadero pueblo de Dios que considere a los judíos étnicos no solo como ciudadanos de segunda clase dentro de la iglesia, que siguen manteniendo sus leyes alimentarias cuando ya no es necesario, sino también como personas que están fuera del alcance del evangelio fuera de la iglesia, abocadas a la condenación automática. Pablo, preocupado por estas posibilidades, desea defender dos cosas: la total igualdad entre judíos y gentiles dentro de la iglesia, y una misión hacia los gentiles que siempre incluya también a los judíos en su esfera.[1] Por lo tanto, Podemos decir que Romanos es la carta en la cual el apóstol deposita la semilla con un doble propósito, la misión y la unidad de la iglesia en un terreno teológico.
Dentro de este propósito general, Romanos 9-11 funciona como el clímax del argumento teológico (en contra de Sanders 1983, passim, y Watson 1986, caps. 5-9) y el enfoque del objetivo de la sección exhortativa práctica. Todo Romanos 1-11 es, en cierto sentido, una exposición de cómo el único Dios ha sido fiel, en Jesucristo, a las promesas que le hizo a Abraham: y esta exposición debe necesariamente alcanzar su clímax en el repaso histórico de cómo se han cumplido estas promesas (nótese la forma en que Romanos 9,6 ss. comienza con Abraham y recorre a los profetas, al estilo típicamente judío, antes de pasar a Cristo (10,4) y a la misión de la iglesia (10,9 ss.).
Y solo sobre la base de todo Romanos 1-11 se puede entender la advertencia de Pablo de 11,13 ss. a los cristianos gentiles que se ven tentados por la arrogancia de decir que los judíos están ahora excluidos de la familia de la alianza con Dios de forma permanente. Este argumento de Pablo lo ilustra con la alegoría del olivo es el tema central de este curso. La teología que produce esta comprensión de la misión en 10,14 ss. y 11,13 ss. se convierte entonces, en Romanos 12-16, en la base del fuerte llamado del apóstol a la unidad en la propia Iglesia: en particular, los fuertes deben soportar a los débiles y no complacerse a sí mismos (“el reino de Dios no es comida ni bebida sino caridad en el Espíritu”).
Una de las fortalezas exegéticas de la perspectiva que estamos proponiendo es que no solo Romanos 9-11, sino también 14.1-15.13, son secciones importantes dentro del argumento de la carta en su conjunto, y el clímax de este último pasaje (15.7-13) puede verse, de hecho, como el clímax de toda la epístola. Con este bosquejo un poco rápido hemos preparado el camino para la pregunta: ¿de qué se trata, entonces, Romanos 9-11?
[1] Para un panorama sobre el propósito de Romanos véase, Wedderburn (1988), aunque no se puede coincidir en todo. Seguimos la propuesta de N. T. Wright, The Climax of the Covenant, pp. 232-257.