Tema 4. LA IRA Y LA MISERICORDIA DE DIOS: 9,19-29
Tema 4. LA IRA Y LA MISERICORDIA DE DIOS: 9,19-29
Continuación de Romanos 9,1-18
4.1. Sentido original del texto
Una segunda objeción y la respuesta de Pablo (9,19–29)
La objeción (9,19), la respuesta al objetor (9,20), un ejemplo de la vida cotidiana (9,21) y aplicación a la situación actual (9,22–29)
4.2. Construyendo vínculos
4.3. Significado para nuestro presente
2. Sentido original del texto (9,19-29)
2.3. Construyendo vínculos
A este punto intentamos construir puentes en el tiempo entre Oseas, Isaías y Pablo para recibir el mensaje de la palabra para nuestros días. Como venimos diciendo repetidamente en este estudio, si buscamos entender en profundidad el significado de la carta a los Romanos, tenemos que prestar una cuidadosa atención al modo en que Pablo utiliza el AT. La serie de cuatro citas que sirven de trasfondo a Romanos 9,25–29 es un ejemplo fascinante de esta lectura más profunda de la carta.[1]
Lo que sorprende en primer lugar al lector atento es que Pablo parece haber aplicado de un modo equivocado sus citas de Oseas 2,23 y 1,10 en Romanos 9,25–26. Oseas profetiza acerca de la misericordia que Dios mostrará a las rechazadas tribus norteñas de Israel; Pablo aplica estas profecías a la inclusión de los gentiles. Se han creado discusiones entre quienes interpretan Oseas como referencia a los gentiles y quienes sostienen que Pablo alude a los judíos. O también entender la cita como una analogía: el llamado de Dios a los gentiles funcionaria sobre el mismo principio que la prometida renovación divina de las diez tribus del Norte. Sin embargo, Pablo precisa más que una analogía para justificar de acuerdo con la Escritura el divino llamamiento a los gentiles para que sean su pueblo.
¿Cómo, pues, explicamos lo que Pablo hace aquí? ¿Es culpable de sacar las palabras de su contexto para que sirvan a su argumento? No sería este un caso. Es cierto que Pablo no está citando a Oseas en estricta conformidad con el «sentido original» de las profecías. Sin embargo, considerándolas en el marco más amplio de la historia de la salvación, las profecías adquieren un significado más extenso según el modo en que Pablo las aplica. La clave es la historia de Abraham. En especial, las promesas divinas que son esenciales a esta historia ofrecen a Pablo la clave de la historia de la salvación y, por consiguiente, la clave también para su hermenéutica veterotestamentaria. De hecho, a riesgo de exagerar, podemos casi afirmar que la continuidad con Abraham es la clave para entender el argumento de Pablo sobre los gentiles en Romanos.
Abraham es, por supuesto, la base para Romanos 4; pero es también central en el argumento sobre la naturaleza y extensión del pueblo de Dios en Romanos 9–11. Los capítulos comienzan con el recordatorio de que Israel posee las promesas y los patriarcas (9,4–5), y todo el resto de la exposición es, en un sentido, una explicación más detallada de lo que estas promesas, vinculadas a los patriarcas, significan realmente. Por ello, el criterio para determinar quiénes son los «descendientes» de Abraham es central en Romanos 9. La cuestión, entonces, sobre las profecías de Oseas es ésta: son un eco de la promesa «abrahámica» de Génesis.
Las primeras palabras de Oseas 1,10 (que Pablo no cita) predicen que «los israelitas serán tan numerosos como la arena del mar, que no se puede medir ni contar». Este tema de los descendientes innumerables es un constante estribillo en los textos de la promesa de Génesis, y la analogía del «polvo de la tierra» o «la arena del mar» se utiliza cuatro veces (Gn 13,16; 22,17; 28,14; 32,12). Según, pues, la reconstrucción de la lógica que hace Douglas Stuart, Pablo puede citar Oseas para aludir a los gentiles ya que «quienes están en Cristo constituyen la semilla de Abraham, y son el objeto de esta predicción de gran crecimiento …».[2]
Esta interpretación del uso de Oseas que hace Pablo se apoya en el hecho de que las alusiones a Abraham asoman también en las otras dos citas de estos versículos. Isaías 10,22, citado en Romanos 9,27, utiliza el lenguaje de “la arena del mar” de Génesis. Además, Isaías 1,9, citado en Romanos 9,29, retoma la palabra clave “descendientes” (Gr. sperma) en la historia de Abraham (ver 4,13. 16. 18; 9,7–8). Pablo comenzó esta sección (ver Tema 2, sobre 9,7–9) afirmando que Dios selecciona a los verdaderos “descendientes” de Abraham de entre todos sus “hijos”. Concluye declarando que entre los descendientes de Abraham están también quienes no tienen ningún vínculo biológico con él. Todos los que tienen fe son en última instancia hijos de Abraham (4,10–12).
Cuestiones Teológicas
En un período anterior, cuando los comentaristas se centraban en Romanos 1–8 como el corazón teológico de la carta de Pablo, Romanos 9–11 a menudo se analizaba por su doctrina de la predestinación. Sin embargo, en los últimos años, el péndulo ha cambiado. Con un renovado aprecio por el papel central que juega la discusión de Pablo sobre Israel en Romanos 9–11, los comentaristas han destacado el papel culminante que desempeñan estos capítulos en la exposición de Pablo sobre la justicia de Dios. Al hacerlo, han hablado menos—si acaso—sobre la predestinación del individuo. Por ejemplo, en su exposición de Romanos 9,6–29, James Dunn (1988, 2:562) escribe: “Los comentaristas modernos deberían tener cuidado de generalizar demasiado rápido a partir de este pasaje… dado que no se puede encontrar aquí una doctrina de elección más extensa”. En contraste con Dunn, Douglas Moo (1996, 598), quien aprecia plenamente la centralidad de Romanos 9–11 en el argumento de Pablo, comenta sobre 9,18: “Parece, entonces, que este texto, en su contexto, proporciona un importante apoyo exegético para la controvertida doctrina de la 'doble predestinación'.” Ya se esté de acuerdo con Dunn o con Moo, Romanos 9 ha desempeñado un papel central en la discusión teológica sobre la predestinación; a saber, que Dios ha predestinado a los escogidos para la salvación.[3]
Juan Calvino sobre la Predestinación: “Como claramente muestra la Escritura, decimos que Dios estableció una vez, por su plan eterno e inmutable, a aquellos a quienes determinó desde mucho antes de manera definitiva para recibir la salvación, y a aquellos a quienes, por otro lado, dedicaría a la destrucción. Afirmamos que, con respecto a los elegidos, este plan se fundamentó en su misericordia otorgada gratuitamente, sin tener en cuenta el valor humano; pero por su juicio justo e irreprensible, aunque incomprensible, ha cerrado la puerta de la vida a aquellos a quienes ha entregado a la condenación. Ahora bien, entre los elegidos, consideramos la llamada como un testimonio de la elección. Luego sostenemos la justificación como otra señal de su manifestación, hasta que lleguen a la gloria en la que se encuentra el cumplimiento de esa elección. Pero, así como el Señor sella a sus elegidos mediante la llamada y la justificación, así, al cerrar el acceso a los réprobos al conocimiento de su nombre o a la santificación de su Espíritu, él, por así decirlo, revela mediante estas señales qué tipo de juicio les espera.” (Institutes of the Christian Religion 3.21.7, Calvin 1960, 2:931)
Muchos cristianos contemporáneos tropiezan con la enseñanza paulina sobre la predestinación, especialmente tal como se formula en los escritos del posterior Agustín y Calvino. Dadas las sensibilidades modernas sobre la equidad, no hay nada justo en esta enseñanza, especialmente cuando se expresa en términos de doble predestinación. ¿Entonces, qué está en juego? ¿Por qué ha jugado la predestinación un papel tan importante en la interpretación de Romanos? Westerholm (2004, 96) llega al meollo del problema: “Agustín llegó a pensar que aquellos que creen deben haber sido capacitados por Dios para hacerlo; además, aquellos que perseveran en la fe deben haber sido aún más fortalecidos para mantenerse firmes.” Westerholm señala, además: “Para Calvino, la soberanía divina es una convicción aún más central. La noción de que los planes o actividades de Dios dependan de alguna manera de las elecciones humanas le parece absolutamente absurda.” En otras palabras, el tema central es la soberanía y la gracia de Dios. Si los seres humanos pudieran determinar su destino eterno, parecería que Dios ya no es soberano y que la gracia de Dios ya no es necesaria. Pero si Dios es soberano, y si la gracia de Dios es necesaria, entonces parecería que existe algún sentido en el cual una doctrina de la predestinación es ineludible. Gran parte del problema en la discusión sobre la predestinación tiene que ver con el concepto de “causalidad,” ya que la predestinación sugiere que Dios “causa” que algunos sean salvos y “causa” que otros sean condenados.
En reacción a esto, Karl Barth (1933, 324–25) escribe que Agustín y los Reformadores representaron la doctrina de la predestinación. Por su parte, Frank Matera asumiendo la idea de Barth explica que la predestinación no debe verse de manera mecanicista, como si Dios interviniera y dirigiera cada acción de cada vida. Más bien, la predestinación se fundamenta en el misterio inefable que es Dios, un misterio que no puede ser confinado ni definido por el tiempo y el espacio. La predestinación, entonces, es una manera de hablar del misterio del Dios totalmente otro, quien no puede ser completamente comprendido en el tiempo y el espacio. La predestinación trata del amor y la gracia de Dios. Se trata de la prioridad del amor de Dios por nosotros en la economía de la salvación. Es dudoso que Pablo haya buscado desarrollar una “doctrina” de la predestinación en Romanos. Su propósito inmediato en Romanos 9 es mostrar que, a pesar del fracaso de la mayoría de sus contemporáneos en creer en el Mesías, la palabra de Dios no ha fracasado. En su defensa de la palabra de Dios, el apóstol se centra en el propósito electivo de Dios al crear, redimir y ahora restaurar a Israel.[4]
Para sostener este argumento, Pablo toma de las escrituras de Israel para mostrar que la existencia de Israel depende de la gracia de Dios. Aunque el lenguaje de Romanos 9 tiene en vista al pueblo histórico de Israel, también es (como ha mostrado la historia de la interpretación) abierto a otras interpretaciones. Después de todo, Pablo relee e interpreta de nuevo las escrituras de Israel a la luz de la resurrección de Cristo. Aunque los intérpretes posteriores no se encuentran en la misma posición privilegiada que Pablo, quien vio al Cristo resucitado, pueden releer el texto de maneras que van más allá de su significado histórico estricto. Ellos también pueden enfocarse en el propósito electivo de Dios en su propio tiempo, un propósito electivo arraigado en el misterio de Dios, un misterio en el que los creyentes deben confiar. Entendido en términos de la prioridad de la gracia, el amor y la misericordia de Dios, entonces, la predestinación señala el misterio del amor eterno de Dios por la creación que Dios ha redimido. Negar la prioridad de este amor y gracia es afirmar la soberanía e independencia de la criatura. Se trata entonces de afirmar que no hay necesidad de Dios.[5]
[1] véase la sección “construyendo puentes” del comentario de Moo, Romans.
[2] Douglas Stuart, Hosea-Jonah (WBC; Waco, Texas: Word, 1987), 41, citado por Moo.
[3] Matera, Romans, 232 (Véase pp. 230-234). Stephen Westerholm, en su descripción de lo que él llama el “Pablo luterano”, relata cómo Agustín y Calvino emplearon Romanos en su enseñanza sobre la predestinación (2004, 16–19, 54–55).
[4] Matera, Romans, 234.
[5] Ibid.